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lunes, 27 de septiembre de 2010

Cine: La mujer sin cabeza ... fragmentos de un relato - por Jorge Jofre




(Buenos Aires) Jorge Jofre

Vero escucha el sonido de su celular, está manejando por una ruta desierta. Desatiende el camino por un instante para responder a la llamada. Allí es cuando ocurrirá algo que cambiará el transcurso de sus monótonos días…paso a paso, entrecortadamente, salteando acciones, Lucrecia Martel, en este tercer largometraje suyo, arma un relato no exento de cierto suspenso ; un relato empapado de incógnitas que más que revelar un misterio profundizan en él sin llegar a resolverlo. El estilo marcado en “ La ciénaga” (2000) o “La niña santa” (2004) parece ahora adquirir un tono de sobriedad que evita los golpes de efecto y cierta tendencia a relatos colaterales. La mujer sin cabeza muestra a una Lucrecia Martel que no deslumbra como en los anteriores filmes, pero logra su cometido de todos modos.

Creo que debo empezar por contar que Vero, la protagonista de La  mujer sin cabeza(2007), es un típico exponente de una burguesía ciertamente acomodada que habita las provincias del NOA . Fuera de las personas que conforman su “mundo”, hay una realidad que en gran medida le es ajena.
Lucrecia Martel, posiciona el relato desde lo que le sucede – o por lo menos creemos que le sucede – a su protagonista,  sin que eso le quite posibilidades a los “changos” que aparecen desde las primeras secuencias de ir tejiendo una historia casi armada de retazos; casi como la trama que teje la urdimbre. Vero es para el caso la trama primordial; una trama que la directora construye sin restar mérito a los personajes que se entrecruzan con ella.
Desde una mirada volcada al campo de lo social, me atrevo a decir, que Vero es casi un prototipo o paradigma de una clase social del NOA alimentada a través de décadas de nepotismos provinciales donde todo comienza y termina en las manos de un pequeño grupo de familias poderosas. Son contrapartida de esa cara social: los “changos”; los humildes jardineros; las domésticas de la casa de la mujer. Personas de condición económica muy estrecha; de escasa educación y con ninguna aspiración aparente de progreso y que sólo intentan capear las situaciones.
Desde la observancia de la trama, aunque la historia parezca diluirse ante los ojos del espectador por momentos, Lucrecia Martel, imprime al filme un cierto porcentaje de suspenso e intriga. Me he preguntado, casi desde el arranque, la primera vez que lo vi que iba a ocurrir con la protagonista…o en realidad que le estaba sucediendo a Vero. Porque, la directora salteña, elabora una historia que lleva al espectador a transitar una especie de vereda con baldosas flojas que dificultan el andar; que lo obligan a detenerse sobre alguna de ellas tal vez para medir el paso a dar, o para recordar  algún suceso anterior que actúa mas adelante.
Vero escucha el sonido de su celular, está manejando por una ruta desierta. Desatiende el camino por un instante para responder a la llamada. Ha atropellado algo o alguien: un animal entiende el espectador por lo que deja ver la cámara tras la marcha del auto, luego de una suerte de crisis emocional de la protagonista.
“Me parece que atropellé a un perro” le dirá a su esposo en una primera instancia cuando éste le pregunta acerca de los daños ocasionados en una de las luces del auto. En otro momento posterior cambiará el discurso: “Me parece que atropellé a alguien”, sembrando la sombra de la duda.
Su esposo la llevará en auto al supuesto lugar del suceso…. “Atropellaste un perro…Vero”, le dirá...” Es sólo un perro”.
Unos días después, Vero, se entera de que la alcantarilla próxima al lugar del suceso está obstruida y los bomberos trabajan bajo la suposición de que algún cuerpo de animal grande o humano es la causa de tal cuestión. El suceso preocupa a su familia y su primo averigua mediante amistades de que en ese “fin de semana de la tormenta” no se ha reportado ninguna muerte ni accidente fatal.
Un diario local resuelve en parte la cuestión. Un “chango” ha sido hallado muerto en la alcantarilla de la ruta. El espectador une (o intenta unir) el resto. Es Aldo, aquel joven que en el comienzo del filme se sube a un cartel cercano a la alcantarilla para bajar una bicicleta que se halla a gran altura sobre el borde superior del mismo. Es Aldo, el que ha colocado las macetas del vivero donde trabaja  en un lugar casi imposible de bajar. Dos frases cierran la historia, la de uno de los chicos que le grita: “Aldo, alcánzame la bici...”  en la secuencia inaugural del filme y la que pronuncia quejosamente uno de los “changos” al dueño del vivero cuando lo manda a buscar las macetas que le compró Vero…” No me dan los brazos…Aldo las puso muy altas”.
De todos modos “La mujer sin cabeza”, parece estar construida en todo momento por cabos sueltos que el espectador debe ligar. Cabos sueltos que también generan contradictorias pistas falsas. Uno se llega a preguntar si Vero estuvo en realidad en el hospital haciéndose un estudio o si durmió en el hotel y tuvo relaciones carnales con su primo. Todo realmente ocurrió o sólo fue elaborado dentro de la mente de Vero, una mujer donde sentimientos, acciones y pensamientos no parecen por momentos concordar.
“Te quedó hermoso el pelo. Te realza tu color”, le dice su prima a Vero cuando esta va a subir al auto. Ella le responde: “Si, la macana es que se está yendo con el cloro”. Lo superficial sobrenada el discurso y lo torna hueco; vacío de emociones; casi como carente de una escala que establece las prioridades de una vida. Allí es donde el lente de Martel trasciende lo social para ahondar en la existencia humana.

©Jorge Jofre.