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sábado, 9 de febrero de 2013

El geranio, un cuento de Flannery O´Connor




(Buenos Aires)Araceli Otamendi

El geranio es el título de un cuento de la escritora norteamericana Flannery O´Connor quien según decía "escribo para un auditorio que no sabe lo que es la gracia y que no la reconoce cuando la ve". El geranio es también el nombre de una planta. El cuento de Flannery O´Connor tiene como protagonista a un hombre viejo llamado Dudley, quien se ha mudado a la casa de la hija en  la ciudad de Nueva York y mira todos los días una planta de geranio en una maceta, que un  vecino del edificio de enfrente, al otro lado del callejón, saca a tomar sol. Dudley piensa que esos que sacan la planta "para que se cocinara todo el día bajo un sol de justicia y lo ponían tan cerca del borde, a la que soplara un poco de viento, acababa en el suelo" no tienen ni idea de como se cuidan los geranios. Esa planta que sacan a tomar sol le recuerda a Dudley a un chico del pueblo donde vivía antes, que estaba en sillas de ruedas y lo dejaban al sol. Dudley, antes de vivir en Nueva York por la insistencia de su hija para que no estuviera solo,  vivía en un pueblo, en una pensión y todas las semanas iba a pescar con Rabie en un barco. Rabie era un hombre negro que conocía muy bien el río, le encantaba el río y a Dudley le gustaba pescar. Algunas veces, por las noches los dos hombres iban a cazar zarigüeyas. Como Dudley y Rabie vivían en una modesta pensión donde también vivían unas ancianas, aunque no cazaran ni una zarigüeza la caza era un buen pretexto para escaparse y librarse de las señoras durante un rato. Al mudarse a Nueva York la vida de Dudley cambió y sintió que la gran ciudad lo aturdía. Los pasillos del edificio donde vivía le parecían al viejo Dudley  "alargados como pistas para pasear perros".   También el subterráneo le pareció a Dudley algo parecido a un hormiguero, una especie de cueva inmensa, donde la gente salía de los trenes como hormigas, dejaban las calles, bajaban las escaleras y se metían en los trenes: "blancos, negros, amarillos, mezclados como verduras en la sopa". Es que Dudley es un hombre que habitaba un pueblo del Sur de los Estados Unidos, y esa mezcla cosmopolita de Nueva York le llama la atención. Son numerosas las observaciones de la gran ciudad que el personaje va haciendo en la voz del narrador, en tercera persona. Dudley siente que en el departamento de la hija están siempre apretados: "Te pusieras donde te pusieras, siempre había alguien" es la reflexión. Un día mientras el viejo mira por la ventana esperando ver al geranio en la ventana del otro edificio y la espera se alarga. Dudley siente ruidos en el edificio, una mujer que grita, una radio con música, el tacho de basura que cae con estrépito por la escalera de incendios y un portazo en el departamento de al lado y unos pasos. Dudley piensa que debe ser el hombre negro que se mudó hace unos días. Un hombre de zapatos relucientes.
Y piensa que ese hombre puede ser alguien que conozca el campo y como antes con Rabie, en el pueblo donde vivía pueda ir a pescar o a cazar con él. Como Dudley tiene la visión de un hombre sureño con viejas ideas, piensa que ese hombre negro trabaja en el servicio doméstico y no que es un inquilino del mismo edificio donde él vive. Pero la hija de Dudley le aclara al padre que en ese edificio nadie puede pagar a un empleado doméstico.  Dudley le hace reproches a la hija ya que se resiste a las nuevas ideas y a cómo es vivir en Nueva York, con  una composición social distinta a la del Sur. El hombre sigue preguntándose por qué tardan tanto ese día en sacar la planta de geranio y ponerla al sol.  El geranio le trae reminiscencias del pueblo donde vivía y de las personas que él conocía: el chico enfermo del pueblo, el color de las cortinas que las ancianas tenían en la pensión, entre otras cosas. La hija lo envía a pedirle algo a una vecina del edificio, y él teme perderse porque "esos malditos edificios eran todos iguales". Mientras va por las escaleras, Dudley recuerda una jornada de caza junto a Rabie y hace mímica como si realmente tuviera la escopeta en sus manos. Y es ahí cuando el hombre negro, el vecino lo ve y aguanta la risa. Entonces el hombre le pregunta socarronamente a Dudley: "¿Qué está cazando, veterano?". A Dudley se le aflojan las piernas, resbala y se cae sentado y el hombre lo ayuda a levantarse y a seguir caminando mientras entablan una conversación sobre la caza y las armas. Cuando llega al departamento, a Dudley se le hace un nudo en la garganta y luego llora. Luego, por la ventana, ve a un hombre en camiseta donde tendría que haber estado la planta de geranio y le pregunta gritando dónde está. Desde el otro edificio el hombre le contesta ¿Por qué llora? y el viejo le vuelve a preguntar por el geranio. La respuesta es que la planta se ha caido y entonces Dudley se asoma y ve la maceta rota sobre un montón de tierra desparramada en la calle  y algo de color rosa que se asoma en el medio de un lazo verde de papel. Dudley le pregunta al hombre de la ventana ¿por qué no lo recoge? y el hombre le contesta: ¿Por qué no lo recoge usted, agüelo? Dudley decide entonces ir a buscar la planta a la calle pero luego se arrepiente pensando en lo que le acaba de ocurrir, en los pasillos y escaleras que tuvo que atravesar, en la caída en la escalera y en la humillación que había sentido cuando el hombre lo ayudó a levantarse y lo llamó "veterano". Desde la otra ventana, el hombre que está en el lugar del geranio le avisa a Dudley que no quiere que lo esté mirando, que lo ha visto mirando todos los días hacia su departamento. Y Dudley mira hacia la calle, ve al geranio , tirado en el callejón, con las raíces al aire.
Si bien se va percibiendo a medida que transcurre la lectura lo que le ocurre al personaje Dudley, el hombre que proviene de una zona rural del Sur de los Estados Unidos y llega a la ciudad de Nueva York, un lugar totalmente distinto, cosmopolita, donde los habitantes son anónimos, es en el final del cuento donde se puede entender mejor al personaje, que queda totalmente expuesto, un hombre que llora, contemplando el geranio, con las raíces al aire, sin la precaria protección de la maceta que se ha roto. El geranio es un excelente cuento de la  magistral narradora norteamericana Flannery O´Connor.

Flannery O´Connor (Savannah, Georgia, 1925- 1964) fue la única hija de una acomodada familia sureña de ascendencia irlandesa. Estudió en el Georgia State College for Women y en 1945 se licenció en ciencias sociales. Publicó su primer relato en 1946 y su revelación literaria se produjo en 1952 con la publicación de su novela Sangre sabia que John Huston adaptó para el cine años más tarde. En 1951 una enfermedad grave en la sangre le afectó los huesos de las piernas obligándola a usar muletas. Pasó los trece últimos años de su vida en la granja familiar de Milledgeville dedicada a la literatura y a la cría de pavos reales. Con la publicación de su libro de relatos A Good Man is Hard to Find (1955) y de su segunda novela The Violent Bear It Away - Los violentos lo arrebatan -  (1960) se cimentó su prestigio como una de las narradoras norteamericanas más vigorosas y  originales de su generación. Consumida por la enfermedad incurable que la aquejaba, Flannery O´Connor, demócrata y católica, cuyo humor atormentado y sombrío la llevó a describir como nadie el primitivismo religioso del Sur bíblico y protestante. Murió en 1964 a los 39 años.
La aparición póstuma de su libro de relatos Everything that Rises Must Converge (1965) representó la consagración definitiva de su prodigioso talento narrativo.

bibliografía:
Flannery O´Connor, Cuentos completos, DeBolsillo
Flannery O´Connor, Novelas, Lumen

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