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miércoles, 8 de mayo de 2013

Tabaré: el indio de los ojos azules - por Magda Lago Russo


(Montevideo) Magda Lago Russo

Juan Zorrilla de San Martín nació en Montevideo, el 28 de diciembre de 1855,  estudió en Chile, luego de sus estudios primarios en Santa Fe.
Allí se vinculó y comenzó la conquista de una sólida fama literaria. Con “Ituzaingó” mostró la capacidad para la leyenda; con “Notas de un  himno” afirmó su cuerda poética .En 1879, en Montevideo comienza a trabajar en “Tabaré”, que fue escrito con el pensamiento fijo en la vaga figura de la madre, que había perdido en la infancia.
En 1888: aparece la primera gran obra modernista  que consagra el movimiento que renovará todas las frondas líricas de Hispanoamérica: el "Azul..." de Rubén Darío.
La glorificación: de la raza charrúa la realiza el poeta uruguayo, en ese mismo año, una "exaltación de la raza charrúa". Entre los numerosos estudios a que Tabaré ha dado lugar, pocos son,  los que hacen referencia a la exterminación de esta comunidad autóctona; exterminación en la que ven, por otra parte, apenas un dato histórico.
Quizás con su penetrante lucidez, vio sagazmente Zorrilla que la competencia sería difícil para mantenerse a la cabeza de esas voces nuevas y asimilar nuevos ritmos y un estilo diferente del suyo. No quiso o no pudo hacerlo, abdicar de su numen becqueriano, abrazar mitologías exóticas. Y se encaminó hacia un territorio en el que marchó con paso seguro, entre la historia, la filosofía, el arte que le fueron no menos propios que la poesía. Saludado con gran entusiasmo, desde su publicación por intelectuales influyentes de América y de Europa, el texto de Zorrilla iba a suscitar, a lo largo de las décadas, comentarios más que elogiosos: Pedro Henríquez Ureña, por ejemplo, lo califica de "admirable", Miguel de Unamuno de "mejor poema americano en lengua española", Raimundo Lazo de "lo más valioso y representativo del romanticismo hispanoamericano". No es sorprendente que, en Uruguay, ese texto haya conocido rápidamente un triunfo inusitado para su época: luego de haber sido objeto de numerosas ediciones en el país y en el extranjero,

“Dame la lira y vamos: la de hierro,
la más pesada y negra;
Esa, la de apoyarse en las rodillas,
y sostenerse con la mano trémula,
mientras la azota el viento temeroso
que silba en las tormentas…”

Cuando concluye "Tabaré" y deja caer esa lira de su mano; apenas tiene treinta y dos años cuando aparece el libro. ¡Y se siente viejo!
 Lo dice en la dedicatoria a su esposa Elvira, que fallece sin ver impresa la obra; "Viejo ya, aunque sin canas y quizá sin muchos años...": sólo treinta y uno tenía al trazar estas líneas, en las que define sus conceptos de la vida, del arte, de la inteligencia, de la belleza. Están fechadas en agosto de 1888. Elvira fallece en enero de 1887. "Tabaré" aparece al año siguiente. Se debe enfatizar la esencia de esa vida, alegoría, según el poema, de "la triste historia de una raza muerta". La acción –que el relato presenta en forma lineal- transcurre en el siglo XVI, en el momento en que un grupo de españoles desembarca en tierras que, mucho más tarde, iban a convertirse en uruguayas. Los charrúas atacan a los recién llegados; su cacique, Caracé, secuestra y viola a la blanca Magdalena. Ésta dará a luz a Tabaré, "el indio de los ojos azules", heredados de su madre española. Magdalena muere poco después de haber bautizado al niño
 Emerge la imagen de un escritor que fue toda una época, el carisma de un hombre y la historia de un libro que representa el fin de une época literaria y la elegíaca despedida de una raza:
¿Épico, lírico? Poco importa, a esta altura, encasillarlo en una modalidad determinada, cuando es desde hace mucho un clásico de la literatura americana. Sigue atrapando al lector bisoño, porque las musicales estrofas de "Tabaré" mantienen vivo el inicial fervor, la apasionada veta de una sensibilidad contra los cuales no puede el tiempo.
El personaje protagónico tiene lejanos antecedentes; está íntimamente ligado con el autor desde sus días de estudiante en Santiago de Chile, donde conoció por relatos del Padre Enrich la existencia de un cacique araucano de la tribu de los boroas, de ojos claros. Nació así su drama "Tabaré", quedó en su imaginación transfigurado en el futuro. Tabaré, el extraño cacique charrúa que nació maduro y definitivo. Hay en el libro "Tabaré" y en Tabaré el Indio, una permanencia segura, por todo lo que representó en su momento y por todo lo que sigue representando.

Ya Tabaré a las hombres,
ese postrer ensueño
no contará jamás... Está callado,
callado para siempre, como el tiempo
como su raza.
como el desierto.
como tumba que el muerto ha
abandonado;
¡Boca sin lengua, eternidad sin cielo!

La muerte fue, en la existencia de Zorrilla de San Martín, la visitante nefasta, que sin embargo nunca hizo tambalear su arraigada fe en los designios de Dios, acatando por lo contrario con serena entereza las dolorosas pruebas; con resignación aunque no sin inmensa tristeza, sobretodo la muerte de su madre.
Pero al correr el tiempo y ser evocada en el ambiente familiar, se marca en su célebre poema, un resplandor de pureza que asoma también en Blanca, la suave heroína que turba extrañamente al charrúa con el remoto recuerdo de aquella madre que en rito primitivo le ungió a orillas del río con las aguas del bautismo. Zorrilla de San Martín, al igual que su criatura, superpone la imagen nunca vista de su madre, con la de Magdalena, con la de Blanca.
Surge la emoción, profunda y sincera, del hombre y del poeta. Y lo expresa por boca del indio.
 La ausencia modeló sus emociones, acongojó tempranamente sus sentimientos y cabe afirmar, sin paradoja, que esa ausencia fue presencia en su vida.
Y esa ausencia determinó, sin duda, que transfiriera a su devoción por su novia, cuanto le faltó  su madre. Crecida en la distancia, al sentirla lejos, mientras él organizaba su destino bajo las estrellas chilenas. Determinó asimismo que viera en Magdalena, la cautiva del poema:

-“Era así como tú... blanca y hermosa”
Era así... como tú.
Miraba con tus ojos y en tu vida
puso su luz;
Yo la vi, sobre el cerro de las sombras,
pálida y sin color;
El indio niño no besó a su madre...
¡No la lloró!
Las avispas de fuego de las nubes,
ellas brillaron más;
pero el hogar del indio se apagaba,
su dulce hogar.
Han pasado más fríos que dos veces
mis manos y mis pies...
Sólo en las horas lentas yo la veo
como cuerpo que fue.
Hoy vive en tu mirada transparente,
y en el espacio azul...
Era así como tú la madre mía, blanca y hermosa...
 ¡pero no eres tú!..

Al decir de Juan Valera en su Juicio Crítico

“Tabaré parece inspirado por el medio ambiente, por la naturaleza magnífica de la América del Sur y por sentimientos, pasiones y formas de pensar, que no son sencillamente españoles, sino que, á más de serlo, se combinan con el sentir, el discurrir y el imaginar del indio bravo, concebidos, no ya por mera observación externa, sino por atavismo del sentido íntimo y por introversión en su profundidad, donde quien sabe penetrar lo suficiente, ya descubre al ángel, aunque él esté empecatado, ya descubre á la alimaña montaraz, aunque él sea suave y culto. Ello es que en Tabaré se siente y se conoce que los salvajes son de verdad, y no de convención      El poeta pregunta entonces a esos "héroes sin redención y sin historia, / sin tumbas y sin lágrimas: Qué habéis sido? / ¿Héroes o tigres? ¿Pensamiento o rabia?". Respondiendo a esta pregunta puramente retórica, las metáforas, las comparaciones, los paralelismos gramaticales se entrelazan a lo largo del texto. Y la respuesta múltiple, que despliega un bestiario restringido pero apreciable, es siempre la misma:
Cruza el salvaje errante 

la soledad de la llanura inmensa; 
y el amarillo tigre, como él hosco, 
como él fiero y desnudo, la atraviesa


No hay en Tabaré las reminiscencias clásicas que en las epopeyas El Uruguay y Caramurú, y todo está sentido con más originalidad y hondura y más tomado del natural inmediatamente.  El poema de Juan Zorrilla no es descriptivo es acción, y muy interesante y conmovedora, por donde sus rápidas descripciones, que son el cuadro en que resaltan las figuras humanas, agradan y hieren más la imaginación, aunque sean esfumadas y vagas y queden en segundo término. La humanidad de la cual los autóctonos se ven completamente desposeídos, al punto de que el nombre de la nación que constituyen, charrúa, puede encontrarse en una oposición fuerte, antagónica, con humano. Es lo que ocurre en el momento en que el poeta hace el retrato de Tabaré, "el indio imposible, el extranjero, /el salvaje con lágrimas ( figura en la que convergen el americano y el español. He aquí su descripción): 

 Sin dejar de reconocer que con Tabaré había hecho obra de ficción, Zorrilla no ocultaba las veleidades de historiador que lo habían animado al escribir este libro. En la dedicatoria inicial se refiere a él con la fórmula "este pedazo de historia de nuestra patria" (LVI). Y en un anexo que contiene un glosario de algunas palabras indígenas empleadas en el poema, dice creer "firmemente que las historias de los poetas son, a veces, más historia que la de los historiadores" Ésta última reflexión supone una oposición entre, por una parte, la descripción y la interpretación rigurosa de los hechos y, por otra, la transposición ‘poética’ de esos hechos. Entre los dos términos de esta oposición, el poeta se inclina por el último: la verdadera historia es, a veces, la que no retiene de los hechos sino su esencia poetizable. Esto justifica, por ejemplo, que el poeta-historiador transforme la exterminación de los charrúas en "misteriosa desaparición propios compatriotas1

    ¡Extraño ser! ¿Qué raza de sus líneas 

a ese organismo esbelto?… 
Hay en su cráneo hogar para la idea. 
Hay en su frente espacio para el genio. 
Esa línea es charrúa; esa otra…  

 Este retrato, que emerge en el momento en que se narra la entrada de Tabaré en el villorrio bajo la mirada de los españoles, sale como de una especie de rumor aldeano transmitido por una forma enunciativa bastante ambigua acaso identificable al discurso indirecto libre. No obstante, ese retrato concuerda perfectamente con la imagen que el poema, globalmente, da de los autóctonos. En Tabaré, los charrúas se oponen a los españoles como la bestialidad se opone a la humanidad.
  Es preciso admitir, sin embargo, que el poema no priva completamente a los indígenas de atributos positivos.    Lo esencial de la producción literaria de Zorrilla de San Martín es publicado entre 1879 y 1910, período durante el cual se consolida el Estado nacional uruguayo. En el curso de la década de 1870, el Uruguay, como el resto de los países de la región, había sido puesto al diapasón del sistema capitalista mundial. Ello había contribuido a darle un perfil propio que, para los dirigentes de la república, era necesario afirmar tanto dentro de las fronteras como en la escena internacional.
En 1879, en ocasión de la inauguración del monumento a la independencia del país, Zorrilla, que sólo contaba entonces con 24 años de edad, había dado lectura a un breve poema de su autoría La leyenda patria-, que despertó de manera asombrosa el entusiasmo cívico de las multitudes y abrió de par en par al poeta las puertas de la gloria. A partir de ese momento se convierte en "el poeta de la patria",  hasta su vejez.

(c) Magda Lago Russo
Montevideo
Uruguay

Bibliografía

Crónicas Culturales de diario “El Día” – Dora Isella Russel.
Tabaré o la leyenda blanca – Javier García Méndez.
Tabaré – Juan Zorrilla de San Martín –