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miércoles, 4 de junio de 2014

Un día perfecto por Reinaldo Edmundo Marchant



(Santiago de Chile) Reinaldo Edmundo Marchant

Mi trabajo es un oficio olvidado.  Cualquiera no lo hace. Para realizarlo hay que estar loco de amor. Es de un trajín incansable. En esta labor uno es aprendiz y no se renuncia jamás. Tampoco se jubila. Se es un simple practicante hasta el fin de los tiempos.
Me levanto muy alba. Antes de la siete de la mañana. En todas las estaciones del año. De lunes a domingo (así de trabajólico soy). No descanso ni siquiera en las festividades de Celebración de la Patria. Apenas se pone el sol en lo alto, engullo un desayuno frugal, tostadas con leche, por ejemplo, tomo mi bolso, apresuro el paso al Metro, hago fuerzas para entrar y quedar como sardina, con cien narices y olfatos en mi boca, mirando con ojos de par en par esas caras tristes, somnolientas, que se desplazan a tareas digamos más convencionales.
Exactamente recorro veinte estaciones.
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