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martes, 14 de febrero de 2017

Palabras con aroma a café por Javier Claure C.




(Estocolmo) Javier Claure C.

Es un día cualquiera de invierno. Afuera hace un frío del diablo, y el aire se siente como puñaladas en el rostro. Aún no son las cuatro de la tarde y está oscuro. Me encuentro en la cafetería de la Casa de la Cultura, en el segundo piso, en el corazón de Estocolmo. En realidad, no es una cafetería en el sentido estricto de la palabra porque además de ofrecer al público café, té, pasteles, tortas, jugos y postres; uno puede pedir también pastas ligeras, una sopa caliente, emparedados, vino y cerveza. Día tras día llega la gente a este lugar para beber o comer algo. También, como suele ser toda cafetería, es un punto de encuentro. Ese es mi caso. Vine aquí para encontrarme con Selamawit, una guapa eritreana  que la conozco desde hace varios años. Me llamó por teléfono, hace unos diez minutos, para comunicarme que lamentablemente no podía acudir a nuestra cita. Es enfermera y tiene que trabajar algunas horas extras. Las trabajadoras y los trabajadores de la salud están cada vez más insatisfechos por la cantidad de trabajo que pesa en sus hombros. Además, el sueldo que reciben no siempre es bien compensado. Según algunas estadísticas, la cantidad de enfermeros y enfermeras, que están a disposición, no es suficiente para cubrir las necesidades de hoy y del futuro. Me atrevo a decir que es un fenómeno a nivel mundial.

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