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| Nora Tamagno |
Muchas fueron las veces que, en mi edad adulta, sentí que inexplicablemente volvía a habitar el cuerpo de la niña que fui, colegiala insegura, tímida, diminuta, casi inconsistente. “Madre ¿puedo?” arriesgaba desde lo más remoto de la memoria la vocecita menuda, discreta como el aleteo de una mosca. “¿Cuántos pasos doy?” “Dos de hormiga, uno de picaflor, tres de mosquito” respondía la voz. Y yo avanzaba con pasos cortitos, vacilantes, temerosos, la pupila fija en las baldosas, las manos trémulas, negros los zapatos con presilla, blancas las medias de algodón. “Madre ¿puedo?” insistía cuando terminaba el recorrido... “cuatro de enano, tres de caracol” volvía a repetirse la orden precisa; nunca fueron pasos de gigante, ni de león, tampoco de hipopótamo ni de orangután. Así fui por la vida, sin hacer ruido, sin levantar la mirada, sin alzar jamás la voz, ni para enojarme, ni para rebelarme. Todo estaba bien en el orden establecido por mamá, la hora para despertarse y la hora para ir a dormir, primero los deberes, después el mate cocido con pan y manteca.
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