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viernes, 22 de abril de 2016

Cervantes y Shakespeare: a 400 años de su muerte

Cándido Portinari
(Buenos Aires) Araceli Otamendi

Con motivo de conmemorarse este año los 400 años de la muerte de Miguel de Cervantes y de William Shakespeare, publico este ensayo que escribí y publiqué en la revista Archivos del Sur, cuando se cumplieron los 400 años de Don Quijote de la Mancha, la mayor obra literaria de Cervantes, donde también hablo de Shakespeare:

Se cumplen este año los cuatrocientos años de la obra mayor de Miguel de Cervantes: Don Quijote de la Mancha. De esta obra inolvidable e insoslayable, se han ocupado grandes escritores como Jorge Luis Borges, Vladimir Nabokov, Milan Kundera y Martin Amis. También el crítico Harold Bloom.
El Quijote tuvo un éxito internacional muy rápido, enseguida fue traducido al inglés, y antes de que apareciera la segunda parte. Cuatro meses después de publicada ésta, Cervantes murió. Para el profesor y escritor Martí de Riquer, Cervantes juega con su propio libro. El Quijote es un libro genial, sostiene.
Riquer afirmó que una de las seducciones más hermosas del libro es la intimidad que Cervantes comparte con el lector.

domingo, 22 de febrero de 2015

Tinta, papel y ADSL por Beatriz Sánchez Tajadura

imagen: Turismoactual.net
Referencia: 123.rf.com












(Pamplona) Beatriz Sánchez Tajadura

Mario Vargas Llosa dijo que las experiencias de dolor son las que inspiran a los creadores. Uno escribe en el momento en que se produce algún tipo de entredicho entre la persona y el mundo en el que vive. Cuando uno vive en completo acuerdo con el mundo no tiene necesidad de inventar otro. Se escribe desde que a uno le rompen el corazón, desde que perdemos a nuestra madre, desde que se descubre la realidad, y esa realidad es la que alimenta a la escritura. La literatura es más afín al dolor que a la felicidad.
Conviene desconfiar del escritor anacoreta, esa suerte de intelectual aislado del mundo, enclaustrado en su biblioteca con una mantita, una tacita de té humeante y un libro abierto a la luz de una lumbre que no se consume nunca. El escritor se hace de lecturas y de trabajo, de disciplina y autocrítica, pero la literatura es también experiencia. En palabras de José Francisco Sánchez: “El buen comunicador es aquel que tiene un conocimiento profundo de qué es el hombre y del mundo que le rodea. Algo que no puede resumirse en una mera cultura superficial, en el sentido más manoseado de la palabra: es verdadera cultura, no erudición”. Al escritor hay que curtirlo. Hay que soltarlo al mundo como a un pollito recién salido del cascarón y dejarle a su aire. Ha de nutrirse de experiencias y de conocimientos que no están en las bibliotecas. Cuánto distan la teoría y la práctica.
leer nota completa:

http://archivosdelsur-ensayos.blogspot.com.ar/2015/02/tinta-papel-y-adsl-por-beatriz-sanchez.html

texto de Beatriz Sánchez Tajadura e imágenes autorizados por la autora para su publicación en la revista Archivos del Sur.

domingo, 20 de julio de 2014

Matices de la literatura infantil por Javier Claure C.





(Estocolmo) Javier Claure C.
Cuando se habla de la importancia que tiene la literatura infantil, nadie duda de su efecto, en los pequeños oyentes y lectores, expresado en el aprendizaje de una lengua. Las niñas y los niños que son expuestos a escuchar o leer historias, cuentos, mitos, leyendas etcétera; aprenden  a utilizar un idioma: mejoran su vocabulario, se expresan con más claridad y tienen más facilidad para exteriorizar sus pensamientos, experiencias, sentimientos y temores. Pero ese acto de leer o de escuchar va mucho más allá de una simple actividad lingüística. Comprender un texto literario, ya sea destinado a los pequeños o a los adultos, es un proceso emocional y cognitivo. Por eso leer un buen texto literario puede crear procesos de sensibilidad en el lector.
leer nota completa:
http://archivosdelsur-ensayos.blogspot.com.ar/2014/07/matices-de-la-literatura-infantil-por.html

sábado, 25 de enero de 2014

"Con la muerte de Benedetti hemos perdido y hemos ganado..." por Washington Daniel Gorosito Pérez

(México D.F.)

"Uno se va acostumbrando a la idea de que la muerte es obligatoria,
  que se va a hacer, a mí no me gusta morir, pero tengo que aceptarlo"

                                                                                                  Mario Benedetti

El título de este escrito es una parte del pensamiento que externara el escritor portugués José Saramago, galardonado con el premio Nobel de Literatura en 1998 al enterarse el fallecimiento del escritor uruguayo el 17 de mayo del 2009; aunque la frase seguía: “porque ahí están sus libros, que afortunadamente nos sobreviven”.

Leer nota completa en:

http://archivosdelsur-ensayos.blogspot.com.ar/2014/01/con-la-muerte-de-benedetti-hemos.html

jueves, 8 de noviembre de 2012

Transición de la fe pagana a la fe cristiana en Rusia - Segunda y última parte por Javier Claure C.



Vladimir Putin y el Patriarca Kiril


(Estocolmo) Javier Claure C.*


Consecuencias de la fe cristiana

Gracias a la adopción del cristianismo, Rusia pasó a formar parte de los Estados europeos y fue recibido como un buen aliado. El esplendor cultural en la Rusia de Vladimiro, experimentó cambios importantes y se estableció un “siglo de oro”. Se cultivaron la novela y el cuento, se crearon íconos y hermosas obras de arte, muchos libros como tratados sacros se tradujeron, se escribieron relatos orientales, crónicas, himnos, piezas teatrales, narraciones sobre la vida de los santos aparecieron y el arte bizantino floreció. Asimismo, prosperó la arquitectura bizantina y se construyeron majestuosos templos.
Los matrimonios entre los miembros de la monarquía europea, que casi siempre resultaban en vínculos políticos, fue una particularidad que marcó al nuevo pujante Estado ruso. Así, por ejemplo, la princesa Ana, hija del príncipe Yaroslav, se casó con Felipe I de Francia en 1063.

Algunas características de la doctrina ortodoxa

Una de las características más importantes de la teoría ortodoxa, radica en el tradicionalismo. Vale decir, las generaciones venideras deberán mantener las tradiciones, los valores éticos y morales que en otro tiempo tuvieron su razón de ser. Y muchos teólogos rusos lo expresan públicamente. A principios del siglo XX, el pensador religioso Pavel Florenskij era de la idea; de que a la Iglesia Ortodoxa, le interesaba más lo eterno antes que la contemporaneidad.
En las iglesias rusas se mantiene un antiguo idioma litúrgico. La tradición ortodoxa ha afectado profundamente a la cultura, a la historia y a la mentalidad rusa. Por un lado, los creyentes religiosos quieren seguir el camino tradicionalista. Y por otro, parte de la juventud desea despojarse de los chalecos de fuerza de lo tradicional. Así lo explican dos investigadores de la cultura rusa, Jurij Lotman y Boris Uspenskij, aclaran que algunos intentos violentos de salirse del marco ortodoxo, son, en partes, producto de sostener teorías conservadoras.
El Imperio Bizantino fue un alargamiento del Imperio Romano de Occidente, y las diferentes etnias con sus respectivos idiomas eran parte de la comunidad cristiana. El Emperador tenía ambiciones de conquistar nuevos territorios. Y la Iglesia de entonces, estaba de acuerdo con este juicio, porque así se expandía aún más. Ante tal situación, el Patriarca Antonio de Constantinopla poseía el título de ser un Patriarca ecuménico. O sea, de todo el mundo. Y en 1397 envío una carta al príncipe ruso Basileios I, informándole que era imposible mantener a la Iglesia sin ser un Imperio. Esto significa que las palabras Iglesia e Imperio son casi sinónimas en el lenguaje ortodoxo. El propósito de ser un Imperio ha sido importante para Rusia, por lo menos después de la caída del Imperio Romano de Oriente en 1453. La imagen que tienen los rusos de su nación, es de ser un Imperio multinacional y cristiano. Todo parece indicar que, en este sentido, coinciden tanto los políticos como la Iglesia; que muchas veces, ha sido utilizada para legitimar tendencias políticas. Y así conservar Rusia como un Imperio.
La Iglesia Ortodoxa rusa tiene gran influencia en los países que pertenecían a la ex Unión Soviética. Existen Iglesias que están subordinadas al Patriarcado de Moscú. Otra peculiaridad, de la ortodoxia rusa, es que hay una especial y estrecha relación entre la Iglesia y el Estado. Esto es un concepto que hace alusión, a la famosa doctrina que promulgó el Emperador Justiniano, y la llamó “Doctrina de la Sinfonía”. En otras palabras, Dios envió, desde las alturas, ciertos dones a los humanos: el clérigo y la razón de ser Imperio. Por tanto, no se puede defraudar al todopoderoso, y como agradecimiento debe existir una “buena sinfonía” entre la Iglesia y un Imperio o un Estado. Más exactamente, el Estado debe ser fiel a Dios, debe tener un sistema político recto y ser competente.
Otro componente en el alma rusa, es el misticismo. Desde tiempos remotos está presente y heredaron Rasputín, Dostojevskij, Helena Blavatsky, más conocida como Madame Blavatsky, para citar algunos. En la Rusia antigua no se traducía libros de la filosofía clásica occidental. A esta ausencia de literatura, se la denomina, a veces, el “silencio intelectual” de la Rusia Medieval, lo cual hace referencia a la carencia de elementos racionales.

Persecución a la Iglesia Ortodoxa

Después de la Revolución de Octubre y durante el comunismo, la Iglesia Ortodoxa fue objeto de persecución. Aunque Stalin, por sus propios intereses, le dio un rumbo aparente. En 1943, se eligió al Patriarca Sergei y el mismo Stalin, lo recibió en sus oficinas. Pero la política de los bolcheviques era contraria a la filosofía de la Iglesia zarista. La religión era vista como el “opio del pueblo” y enemiga del socialismo. Y para erradicar el opio, se abolió la enseñanza de la religión en los colegios. Al mismo tiempo, se prohibió que los fieles se juntasen en torno a ceremonias religiosas, se confiscaron propiedades de la Iglesia, se cerraron los monasterios y empezaron los juicios eclesiásticos. La deportación de sacerdotes era frecuente y, en muchos casos, se llegó al fusilamiento.
Posteriormente, se prohibió a los ciudadanos y miembros del Partico Comunista abstenerse de tener contacto con cualquier tipo de religión. A todo ciudadano con ideas cristianas, se le consideraba poco menos que enfermo mental. En consecuencia, la población rusa empezó a sufrir cambios en cuanto a las necesidades espirituales se refiere, y disminuyó considerablemente el número de creyentes.

Llegada de Gorbachov y de Putin al poder

La llegada de Mijail Gorbachov al poder en 1985, cambió completamente el destino de la Iglesia Ortodoxa. La “perestroika” llevada a cabo durante su gobierno, condujo a la sociedad rusa, en partes, a la democracia; pero también a la corrupción y al capitalismo. En el plano religioso, se dieron cambios positivos para los ortodoxos rusos. Gorbachov, al igual que Stalin, recibió al Patriarca Pemón en momentos de crisis estructural. Dos acontecimientos importantes marcaron el renacimiento de la Iglesia Ortodoxa rusa. El primero ocurrió en 1998, cuando se festejó el milenio del “Bautismo de Rusia”. El Estado colaboró con esta festividad religiosa, a la cual el pueblo ruso asistió con mucha devoción. La Guerra Fría había terminado y con ello, la “Guerra de las Galaxias” se fue al tacho. El pueblo ruso, por tradición, era religioso y hacía falta algo a que aferrarse después de 70 años de ausencia de la Iglesia. Y pues que mejor que la apertura de las iglesias y su doctrina ortodoxa. El segundo evento, se dio cuando Putin fue elegido como Presidente, y se dirigió al Patriarca Alexis II para pedirle una bendición a su nuevo gobierno. Putin dijo: “No existe Rusia sin ortodoxia, y no existe ortodoxia sin Rusia”. El hilo rojo de lo ortodoxo es el colectivismo, el nacionalismo y la cooperación con el Estado.
El líder religioso Alexis II fue quien tuvo la valiente y ardua tarea de llevar adelante a la Iglesia y lograr su unificación fuera de sus fronteras. Alexis II proclamaba un nuevo sistema para el mundo. Un sistema basado en la coexistencia armónica de creencias y configuraciones mundiales, en una relación económica más equitativa. Durante su Patriarcado, nuevamente se abrieron los monasterios y se restauraron las iglesias. Se volvió a crear un cuerpo de clérigos y los fieles ortodoxos volvieron a juntarse en ceremonias. Es decir, la religión pasó a formar parte de la sociedad. Incluso, en una de las casas de estudio más destacadas, la Universidad Estatal de Moscú Lomonósov, se instaló una biblioteca con literatura religiosa. Sin embargo, el proceso de democratización en Rusia, trajo conflictos para la Iglesia. Nuevas corrientes religiosas surgieron en el país, algunas llegaron del extranjero como por ejemplo la Verdad Suprema, la Iglesia de la cientología, la Iglesia de la Unificación del profeta coreano Sun Myung Moon, con quien Gorvachov tuvo un encuentro personal. Alexis II, logró establecer la popularidad de la Iglesia Ortodoxa y acusó a la Iglesia Católica Romana, con la que tiene relaciones complicadas, de querer robarle fieles. Por todos estos problemas, el Estado ruso aprobó la “Ley de Libertad de Conciencia”, que prohíbe toda actividad religiosa llegada del extranjero. Además, las organizaciones religiosas que no tengan más de quince años de vida, no gozan de derechos. Al contrario, deberán adherirse a las religiones ya existentes. No obstante, existen otros grupos religiosos como musulmanes, católicos, judíos, protestantes y budistas.

El Patriarca Kiril y la Rusia actual

El sucesor de Alexis II es el Patriarca Kiril, y tiene una posición condescendiente ante la Iglesia Católica Romana. Acepta que ambas iglesias tienen mucho en común en temas relacionados con la familia, el matrimonio, el bautismo, el nacimiento y la defensa de los valores cristianos. Y no descarta la posibilidad de un encuentro con el Papa Benedicto XVI. Haciendo votos de su santidad, el Metropolitano Kiril ha bendecido públicamente la candidatura de Vladimir Putin al poder por tercera vez. Envió, a su futuro gobierno, el poder de Dios para que gobierne como el Creador manda. Solamente de esta manera, la Iglesia y el Estado se fusionan. A Putin, le cayó la bendición del cielo, a pesar de no ser un buen hijo de Dios, tomando en cuenta su pasado desde que era encargado de comprar alimentos para el pueblo ruso. El 8 de febrero del año en curso, en medio de elecciones y protestas, Putin y sus colegas más cercanos atraviesan una crisis. Se pone en tela de juicio el culto a la personalidad, se habla de libertad política, y un segmento de la sociedad acusa a Putin de ser el nuevo zar de Rusia. En estas precarias circunstancias, Putin, como llamado por Dios, acude al Patriarca Kiril. Nuevamente se pronuncia el líder religioso con las siguientes palabras: “Los años que ha gobernado Putin son un milagro de Dios”. Este encuentro causa indignación en ciertos grupos de la sociedad. Y como resultado, el 21 de febrero estalló un gran escándalo cuando las integrantes del grupo feminista punk “Pussy Riot”, cantaron una plegaria en la Iglesia ortodoxa moscovita de Cristo Salvador, la más importante del país. “Mierda santa” era el título de la plegaria, en la cual pedían a la Virgen María alejar a Putin del poder. Ridiculizando así, con sus máscaras, sus gestos y su lenguaje primero: al encuentro de Putin con el Patriarca Kiril y después a la Iglesia y sus creyentes. Hecho que volteó el vaso de tolerancia de Putin, del Estado y del clérigo. El sacerdote ortodoxo, Vsevolod Chaplin, dijo al periódico “Novoje Vrenya”: “La Iglesia no se puede separar del Estado como lo hace el pueblo”. Y condenó severamente la actuación del grupo “Pussy Riot”: “Esto es una infracción que va en contra de la ley más importante de Dios. El pecado se paga con la muerte”. Sin embargo, los creyentes ortodoxos están divididos. Unos abogan por una larga condena. Mientras que otros son más benevolentes en su forma de juzgar. En cualquier caso, las integrantes del grupo feminista, Nadezhda Tolokónnikova, Yekaterina Samutsérich y María Aliójina, fueron condenadas a dos años de prisión por “gamberrismo motivado por un odio religioso”. Putin, el Estado y la Iglesia lograron su cometido.

Conclusiones

La doctrina ortodoxa, desde el Imperio Bizantino y con todos sus ingredientes, ha tenido un gran impacto en la sociedad rusa. El universo de religiosidad que emiten los íconos es una luz divina de un mundo diferente al que vivimos y que, además, está sujeto a leyes que prácticamente no obran en el nuestro. Pero a pesar de ello, el creyente anhela la armonía de ese mundo celeste más justo. La oración borra todo vestigio de oscuridad. Y todos los Patriarcas que han pasado por la Iglesia rusa durante su existencia, pese a un período largo de estancamiento, han pregonado una verdad de orden más elevado, para que los fieles vayan por el camino correcto. La política y los gobernantes se han inmiscuido en los asuntos de la Iglesia para ganar determinados privilegios. En este contexto, la actuación de las tres muchachas feministas, del grupo “Pussy Riot” en la principal Catedral de Moscú, fue ingenua y poco inteligente. La modernidad hereda los valores éticos y morales del pasado. Pero como contrapunto, hay seres humanos que, valiéndose de la subjetividad individual, no quieren adaptarse a los principios del pasado; porque no encuentran fundamentos racionales. ¡Inútil dictar teorías morales universales!
Durante la Edad Media, el pecado se pagaba con la muerte, exactamente como afirma el religioso Vsevolod Chaplin. Si bien las tres integrantes del grupo “Pussy Riot” no pagaron “su pecado” con la muerte, pues estamos conscientes de que el concepto bizantino “de sinfonía”, sigue vigente en la Rusia de hoy.

(c) Javier Claure C.

*escritor boliviano radicado en Suecia



Bibliografía

Arutunyan Anna: Putin y el pacto con el Patriarca (Putin och pakten med

patriarken). Periódico Svenska Dagbladet. Suecia, 2012.

Appendini Ida y Zavala Silvio: Historia Universal. México, 1973.

Abel Ulf: El ícono, la imagen inspiradora (Ikonen, den besjälade bilden).

Skellefteå, Suecia, 2006.

Evdokimov Paul: El amor loco de Dios (Den dåraktiga Gudskärleken).

Skellefteå, Suecia, 2001.

Grékov Boris: La cultura de la Rus de Kiev. Moscú, 1947.

Gómez José H: La Iglesia Rusa. Madrid, 1948.

Kasianova Alla: Rusia en busca de una Identidad de Estado (Russia in Search

for the State Identity). Rusia, 2001.

Krindatch Alexey: Religión, vida pública y el Estado en la Rusia de Putin

(Religion, public life and the state in Putin’s Russia).

Rusia, 2006.

Miller Arthur, Vicki Hesli, Ebru Erdem y William Reisinger: El Patriarca y el

Presidente. Elección política y religiosa en Rusia (The Patriarch

and the President. Religion and Political Choice in Russia).

Universidad de Iowa, 1999.

Sommer Kurt: Íconos (Ikoner). Estocolmo, Suecia, 1983.

Sundelin Anders: El viaje misterioso, hacia la cúpula, del agente de la KGB

(KGB-agentens gåtfulla resa till toppen). Periódico Svenska

Dagbladet. Suecia 2012.

Ware Kallistos: La Iglesia Ortodoxa (Den Ortodoxa Kyrkan).

Skellefteå, Suecia, 2000.

Zernov Nicolas: Cristianismo Oriental. Madrid, 1962.

nota de la editora: la fotografía que ilustra el ensayo y éste han sido enviados por el autor Javier Claure C., el ensayo se publica con la autorización del autor.






































































viernes, 26 de octubre de 2012

Transición de la fe pagana a la fe cristiana en Rusia- 1ª parte - por Javier Claure C.



(Estocolmo) Javier Claure C.
La historia nos muestra que los eslavos, como muchos otros pueblos en la antigüedad, rendían culto a sus dioses paganos. La pluralidad de dioses, permitía a la población eslava vivir en comunión con todas esas deidades que, según ellos, daban vida, movimiento y esencia al ser humano. Procopio de Cesarea, historiador bizantino, aseguraba que los eslavos sacrificaban animales sagrados y adoraban a las sirenas. Además, tenían varias divinidades situadas en una escala de valores, en donde cada cual protegía una parte de la vida cotidiana. Perún, dios del trueno, era el más importante de los dioses paganos. Su imagen era representada en madera, con rostro humano, con cabeza de plata y bigote de oro. Otros dioses eran: Dázhbog, dios del sol. Stríbog, dios del viento. Simargl, bicéfalo, dios de las cosechas y la vegetación. Svárog, dios del fuego. Volos, dios protector de los humanos. La única deidad femenina era Makosha, diosa de la fertilidad y protectora del trabajo de las mujeres, especialmente el hilado. Era representada como una mujer de cabeza grande, largos brazos y con las manos ocupadas hilando lana. Algunos dioses fueron traídos del extranjero como por ejemplo Jors, dios del sol, de los pueblos del Asia Central. También estaban las “divinidades menores”: diminutos demonios, espíritus, ninfas, deidades blancas relacionadas con el bien y deidades negras relacionadas con el mal. La Rusia pagana de entonces, se caracterizaba por ser una sociedad politeísta. Perún, poderoso dios, protegía al príncipe Vladimiro; hombre de Estado, audaz y conquistador de pueblos. Mientras que el dios Volos custodiaba a la población.

Leyenda acerca del príncipe Vladimiro de Kiev



La leyenda del monje Néstor cuenta que por el año 986, el príncipe Vladimiro de Kiev, había alcanzado un poderío inigualable. Sus victorias y conquistas de nuevos territorios, eran una señal de permanente amenaza. Y, en consecuencia, los pueblos vecinos buscaban una alianza con Vladimiro. Para tal efecto, llegaron los alemanes enviados por el Papa, le ofrecieron su dios creador del cielo y de la tierra. Los búlgaros del Volga querían ganarse la voluntad de Vladimiro con la fe mahometana. Los judíos dijeron que habían crucificado a Cristo, y proponían a su único dios: Jashem. Finalmente llegaron los griegos tratando de atraer a Vladimiro hacia la fe cristiana. Vladimiro los escuchó a todos ellos refutando sus propuestas religiosas. Pero en el fondo, algo había calado en su espíritu. Pues un día reunió a su gente más allegada para contarles lo ocurrido y pedirles consejos. Los nobles después de percibir aquel mensaje le contestaron: “Bien sabes príncipe que nadie vitupera lo propio, sino que lo alaba. Si deseas conocer la verdad, envía emisarios para saber cómo sirven a su dios todos ellos”. Vladimiro siguió el consejo, y envió a un puñado de cortesanos a recorrer por diferentes países. Cuando llegaron donde los griegos, el emperador de Constantinopla, les hizo presenciar una misa con todo su esplendor en la Iglesia Santa Sofía. Les explicaron minuciosamente todos los actos de la ceremonia religiosa. Y los cortesanos, sumidos en una paz espiritual, quedaron encantados por las vivencias en la casa del dios griego. A su vuelta a Kiev confesaron: “La ley de los búlgaros no es buena, pues no hay alegría en ella, sino sólo aflicción. Los alemanes rezan mucho en sus templos, pero no hay en ello belleza. En cambio, cuando estuvimos en el templo de los griegos, no sabíamos si estábamos en la tierra o en el cielo, y nunca antes habíamos visto tanta belleza inenarrable, y estamos seguros de que allí sí que está Dios con los hombres. Y pues todo aquel que ha probado lo dulce, ya no desea lo amargo”. Vladimiro entonces creyó a los miembros de su séquito y se entregó al bautismo bajo la fe cristiana.

Descripción de Vladimiro

¿Quién era el príncipe Vladimiro de Kiev? Kiev fue un Estado Medieval que comprendía la actual Rusia, Ucrania y Bielorusia. Los historiadores relatan que Vladimiro, ese hombre al cual a veces lo igualaban con dios, era un hombre inteligente y visionario. Pero también fratricida, mujeriego, gustoso de vinos finos, fiestas y comidas en abundancia. Estaba dominado completamente por el deseo carnal, causa que lo llevó a tener varias esposas y amantes.

Acontecimientos históricos

El Imperio Romano de Oriente, con su capital Constantinopla, estuvo expuesto a embestidas de diferentes índoles. Los godos, los árabes, los eslavos y los persas atacaban para conquistar territorios. Una sublevación, de los búlgaros del Danubio junto a los rebeldes de Asia Menor, contra Constantinopla; obligó a los emperadores Constantino XI y Basilio II a pedir ayuda militar a Vladimiro. A cambio de dicho favor, le ofrecían a la princesa Ana, hermana del emperador Basilio II, para que sea su compañera de vida. Vladimiro aceptó la propuesta. Una vez vencida la insurrección, los emperadores no cumplieron con lo pactado. Tal coyuntura llevó a Vladimiro a usurpar la fortaleza bizantina de Quersoneso Táurica, y les comunicó que la devolvería cuando la princesa Ana esté a su lado. Los basileos accedieron a la demanda, pero pusieron una condición: que adoptara la fe cristiana. El príncipe Vladimiro, nieto de la princesa Olga, aceptó el requisito, y fue bautizado en la fe de Cristo, el 28 de julio del año 988. Cuenta una crónica que Vladimiro adolecía de una enfermedad en los ojos, pero cuando recibió el bautismo se curó milagrosamente, y exclamó: “Ahora conozco al Dios verdadero”. Tras la ceremonia del bautismo, la princesa Ana desembarcó en Quersoneso acompañada de sacerdotes de la Iglesia bizantina, y contrajo matrimonio con Vladimiro.

Transición de la fe pagana a la fe cristiana

La transición de la fe pagana a la fe cristiana en Rusia, fue un proceso que duró varios siglos. La primera en convertirse al cristianismo fue la viuda de Igor, la princesa Olga, bautizada en el año 955 en Constantinopla. En cambio su hijo, Sviatoslav, continuó adorando fielmente a los dioses paganos. Por consiguiente, la mezcla de lo pagano y lo cristiano formaron, durante un periodo muy largo, una especie de yuxtaposición religiosa, creando así lo que en ruso se llama “dvoievérie” (doble fe). Es decir, un sincretismo, al cual se adherían gran parte de la población. Los rusos no podían renunciar, de la noche a la mañana, a las creencias de sus antepasados. Al igual que en otras culturas, las fiestas paganas fueron sustituidas por las fiestas cristianas. La fiesta del dios Perún fue suplantada con la Pascua Cristiana. El aniversario del solsticio de verano con la fiesta de San Juan Bautista. Y así fue penetrando el cristianismo en las masas populares de Rusia. En el siglo XI ya existían otros precedentes históricos con brotes cristianos. Algunos investigadores afirman que a principios de la era cristiana, el apóstol San Andrés había predicado la nueva fe en extensos territorios poblados por los eslavos. Asimismo, plantó una cruz en la colina más alta cerca del río Dniéper que pasa por Rusia, Ucrania y Bielorusia. Estaba convencido que por los senderos por donde caminó, brotaría una saludable verdad de la fe cristiana. Por eso pronunció: “Aquí surgirá una gran urbe, en la que Dios erigirá numerosos templos”. Santas fueron sus palabras. En los años posteriores al bautismo del príncipe Vladimiro, surgió una gran metrópoli para los piadosos cristianos. Vladimiro dio orden a los ciudadanos para que se reunieran a las orillas de río Dniéper, y sigan el camino de la religión cristiana. Y decía: “Aquel que no acuda al río, rico o pobre, esclavo o mendigo, será mi enemigo”. Todo el pueblo obedeció al soberano, y uno tras uno fue bautizado en el río por sacerdotes traídos desde Constantinopla. Gracias a su nueva fe, Vladimiro propuso, además, la abolición de la pena de muerte que contradecía a los principios del cristianismo. Mandó a derribar todas las estatuas de los dioses paganos, ordenó que se diera de comer a todos los mendigos de Kiev y educó a sus hijos, Boris y Gleb, bajo los principios cristianos. Se construyeron referentes religiosos: sobre la tumba del príncipe Askold se edificó la Iglesia de San Nicolás y sobre la del príncipe Dir, la Iglesia Santa Irene. La Iglesia Ortodoxa Rusa estaba subordinada a la Iglesia de Constantinopla, pero con el devenir de los siglos disminuyó esta dependencia. Y en 1589, el clero ruso se declaró totalmente independiente y designaron a su propio Patriarca.

Iconografía de la Iglesia Ortodoxa

La tradición y la liturgia de la Iglesia Ortodoxa, se reflejan en el bautismo, el incienso, los himnos y las procesiones. Los íconos en madera, que representan a Jesucristo, a la Virgen y a otros santos, son indisolubles a la doctrina ortodoxa. La idea central, de este arte bizantino, es unir lo celestial con lo terrenal. En definitiva, se trata de aproximar a este mundo, que nos ha tocado vivir, una realidad sin desorden, sin caos y sin disconformidad. Dadas estas singulares características, el recado principal que llevan los cuadros ortodoxos; sería demostrar la existencia de Dios todopoderoso. Una existencia que no se basa solamente en la experiencia, sino también en la religiosidad de cada devoto. O sea, lo empírico queda atrás y el creyente se encuentra frente a una puerta abierta que le conduce hacia la profundidad del mensaje eterno.

Las imágenes de la Iglesia ortodoxa están impregnadas de una simetría gloriosa. Con un mínimo de detalles expresan un máximo de lo divino. Es por eso que no existe, en los íconos, una relación con lo cotidiano. Hay muchas interpretaciones de los íconos rusos, y esto ha dado lugar a que Rusia y Europa Occidental tengan diferentes visiones de la realidad. En otras religiones, los santos son representados en forma de bulto. Pero según la doctrina ortodoxa, las estatuas tridimensionales son materiales y, por lo tanto, no son adecuadas para representar lo divino o lo celestial. Además, la población rusa asociaba a las estatuas con una historia pasada, con lo demoniaco, lo antiguo y, al mismo tiempo, con lo occidental.

Los íconos forman parte de aquello que se llama iconostasio en las iglesias ortodoxas. En otras palabras, el iconostasio es una construcción arquitectónica de madera, en donde existe diferentes íconos. En el iconostasio hay tres puertas sagradas. La puerta central compuesta de dos partes recibe el nombre de puerta santa, y solamente pueden pasar por ella, los que pertenecen al clero. La puerta situada a la derecha se llama puerta meridional, y la situada a la izquierda es la puerta septentrional. Esta edificación divina se encuentra al fondo del altar y separa a los clérigos del resto de la comunidad cristiana.

Los rusos no quieren asociar a sus íconos con lo occidental. Sin embargo, la iconografía rusa es, sin dudas, un aporte a la cultura universal. Hay quienes dicen que el arte occidental es más logrado técnicamente, pero es primitivo en cuanto a lo espiritual se refiere. Por el contrario, los íconos rusos quizá sean, en algunos aspectos, un poco primitivos desde el punto de vista artístico, pero están impregnados de espiritualidad. La percepción de la imagen en el mundo ortodoxo alcanza niveles de paz espiritual. La imagen no es solamente un complemento, sino más bien un medio necesario para transmitir el mensaje cristiano. Los íconos atestiguan la existencia de Dios, creador del cielo y de la tierra. De ahí que muchos devotos confiesan haber recibido el milagro deseado. Este acto sería, la vivencia subjetiva de un fiel ortodoxo orando frente al iconostasio. Es decir, los íconos están cargados de una energía divina que no se encierra solo en la estampa de madera, sino que esa energía sube a las alturas, mediante la oración, y vuelve a la Tierra con un milagro o una bendición.
(c) Javier Claure C.

Estocolmo

Javier Claure C. es un escritor boliviano radicado en Suecia









viernes, 24 de febrero de 2012

miércoles, 1 de febrero de 2012

La literatura norteamericana de los años ´90 - Araceli Otamendi

































(Buenos Aires)

En el año 2000 publiqué un ensayo sobre el libro El imperio del cinismo de Patricio Lóizaga (Buenos Aires, 1954-2006), poeta, ensayista, director de la revista Cultura segunda época y dirigente cultural. El libro abarca diversos aspectos de la cultura contemporánea de los años ´90 y fue presentado en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en la Sala Victoria Ocampo, con un diálogo público entre Patricio Lóizaga y yo, del que posteriormente participó el público haciendo preguntas.
A continuación publico un fragmento del ensayo dedicado a la literatura norteamericana de esos años, los `90. Mi ensayo se titula "El imperio del cinismo: Cómo leer el fin de siglo e introducirse en el nuevo que comienza. Un nuevo renacimiento o la fascinación de lo imposible" y fue publicado en el año 2000 en la revista Cultura segunda época.
Anteriormente se publicó, otro fragmento del mismo ensayo: La televisión de los años `90





La literatura norteamericana de los años `90

Otro de los capítulos notables de El imperio del cinismo es el dedicado a la literatura. Lóizaga en su Diccionario de Pensadores Contemporáneos, cuando se ocupa de de Gilles Lipovetsky dice: "A partir del paso del individualismo limitado moderno al individualismo "total posmoderno" surge un nuevo personaje que Lipovetsky define como narcisista".
A partir del advenimiento de la "moda abierta" se observa desde los años cincuenta una nueva fase del individualismo que rompe con las limitaciones que imponía la sociedad moderna: la individualidad y la libertad irrumpen en campos que hasta ahora les estaban vedados, señala Lóizaga en dicho capítulo, al tiempo que agrega: el principal sustento, el alimento de la sociedad y del personaje posmoderno es el consumismo.
Lóizaga no ha dejado de observar, en la obra de Lipovetsky, la existencia de "un debate,
un conflicto estructural, entre el individualismo responsable y la individualidad permisiva
y cínica". "Porque sin duda -dice - la extinción de la religión del deber significa una grave
crisis para las democracias".
Coherente con este análisis del pensamiento de Lipovetsky, Lóizaga acierta en incluir la
novela de Bret Easten Ellis American Psycho. El protagonista del libro es un criminal
caracterizado por su ferocidad, producto de la falta absoluta de cualquier tipo de conflicto
interior tradicional, obsesionado por las marcas de ropa, equipos de música, restaurants...
"No se sabe si es un envase o un hombre", dice Lóizaga citando a Ellis; "no hay nada debajo
del exterior; es como una máscara que facilita las cosas, que le permite cometer crímenes y
actuar del peor modo porque la gente sólo verá de él lo importante que es la marca que usa.
Nada verá de su interior, esa fue la metáfora que me interesó", dice el escritor norteamericano.
American Psycho fue rechazada por gran parte de la opinión pública norteamericana y, según
manifiesta Lóizaga, en este libro se asiste a una forma de crítica cultural desde dentro del
sistema. El personaje, asesino y adicto a las marcas, podría haber sido creado por Gilles Lipovetsky - ya que en sus libros El imperio de lo efímero y La era del vacío se describe
el individualismo contemporáneo tal como lo encarna dicho personaje - si este pensador
hubiera elegido a la novela en lugar del ensayo filosófico para dar forma a su pensamiento.
Otro de los casos citados por Lóizaga es el de Douglas Coupland, autor de Generación X y
Planeta Shampoo, entre otras novelas. Generación X fue presentada el mismo año que
American Psycho y tuvo, como el libro de Ellis, una enorme repercusión. A partir del argumento de Generación X y el análisis de los personajes - una pandilla de chicos y chicas sin destino - Lóizaga indaga acerca de las características de la sociedad de las dos últimas décadas. En una acertada síntesis de la obra de Coupland, el autor de El imperio del cinismo señala inteligentemente lo que este escritor canadiense define como la diferencia entre los seres humanos y los animales: "Nuestras vidas necesitan ser historias, narraciones, y cuando nuestras historias desaparecen es cuando nos sentimos perdidos, fuera de control y susceptibles a las fuerzas del azar".
Al proceso por el cual uno pierde su propia historia lo denomina desnarration, dice Lóizaga
cuando habla de Coupland, y sería la forma técnica de decir "no tener una vida". Esta observación es para tener muy en cuenta por quienes tienen interés en indagar sobre la posmodernidad en la literatura norteamericana y su evolución desde Henry Miller en adelante.








(c) Araceli Otamendi - Archivos del Sur

jueves, 19 de enero de 2012

Autobiografías: Edith Wharton: Una mirada atrás

(Buenos Aires)

A partir de hoy se inicia la publicación de una serie de notas sobre autobiografías, la primera es acerca del libro Una mirada atrás de la escritora norteamericana Edith Wharton.
A menudo leo autobiografías de escritoras y escritores. Me ayudan a entender su obra, a veces, otras no, y me interesa la actitud con que emprenden ese camino por los recuerdos de una vida vivida de la que hay algo que contar y que puede interesar a los lectores.
El libro Una mirada atrás empieza con tres citas antes de las palabras preliminares de la autora:

"Una mirada atrás a los caminos recorridos"

Walt Whitman

"Quiero remontar la pendiente de mis mejores años..."

Chateaubriand,

Mémoires d´Outre Tombe


"Ningún placer es pasajero",

Goethe,

Whilhelm Meister

Estas tres citas ya van adelantando al lector la actitud de Edith Wharton para contar su vida. La escritora norteamericana nacida en una familia de alta sociedad neoyorkina en 1862, reconoce que "...pese a la enfermedad, a despecho incluso del enemigo principal que es la pena, una puede continuar viva mucho más allá de la fecha usual de desintegración si no le teme al cambio, si su curiosidad intelectual es insaciable, si se interesa por las grandes cosas y es feliz con las pequeñas...".
Hay que considerar que Edith Wharton publicó este libro en 1914 cuando tenía 52 años. La esperanza de vida entonces no se había alargado como en la actualidad.
En las autobiografías se trabaja con los recuerdos almacenados en la memoria del escritor, con los diarios, con cartas y fotografías y también con el olvido.
Quien escribe hace un viaje por su vida. Y también reescribe.
En relación con los recuerdos negativos, Wharton dice que no recuerda por mucho tiempo sus enfados: "...Raramente olvido una ofensa a mi espíritu, ¿quién la olvida? Pero la vida la recubre
con un rápido bálsamo, y queda registrado en un libro que raras veces abro...".
La escritora norteamericana atribuye el éxito de una autobiografía que recién se había publicado a que el autor "no perdonaba a nadie": "...consignaba al detalle cada defecto y cada disparate de los demás y cada resentimiento del escritor. ¡Aquella era la clase de biografía que merecía la pena leer!..." afirma.
Edith Wharton reconoce que si se la juzga con ese criterio, su autobiografía encontrará pocos lectores: "...Yo no he eludido el contacto con personas que me resultaban desagradables o
incompatibles; pero la antipatía era por lo general recíproca, y esto simplificaba y restringía nuestras relaciones. Tampoco recuerdo que aquellas personas que no me apreciaban denotasen su falta de interés hacia mí de alguna forma más dañina que la indiferencia. No guardo memoria de agravios sensacionales. A lo largo de mi vida he encontrado atención y apoyo; y de parte de los pocos seres que me son más queridos, una comprensión exquisita...".
Varios capítulos de "Una mirada atrás" aparecieron con anterioridad en las revistas Atlantic Monthly y The Ladies´Home Journal.

Un fragmento:

"...No puedo recordar cuándo las plantas empezaron a hablarme, aunque creo que sería cuando, pocos años después, uno de mis tíos me llevó, con otros primos pequeños, a pasar un largo día de primavera en unos bosques pantanosos próximos a Mamaroneck, donde la tierra estaba tachonada de madroños rastreros, donde en una ciénaga crecían flores rosadas y blancas con forma de bolsas y las ramas sin hojas se dibujaban contra el cielo salpicado de brotes de madreperla; pero el día que me regalaron a Foxy aprendí lo que los animales se dicen unos a otros, y lo que dicen a las personas...".




Acerca de Edith Wharton

Edith Wharton nació el 24 de enero de 1862 en el seno de una familia de alta sociedad neoyorkina. Después de recibir una esmerada educación, se casó en 1885 con el banquero de Boston Edward Wharton, del que se divorció en 1913. Su carrera literaria se había iniciado en 1899 con la colección de relatos The Greater Inclination, a la que siguieron La casa de la alegría, y sobre todo Ethan Frome que la consagró como novelista. Luego se publicaron Las costumbres del país, Verano, La edad de la inocencia, que fueron premio Pulitzer, Reflejos de luna, y Twilight Sleep, entre otros libros.
En 1914 Edith Wharton publicó su autobiografía Una mirada atrás, en la que evoca con maestría la sociedad neoyorkina de fin de siglo, sus viajes por Europa y sus amistades literarias, en especial la que la unió a Henry James. Cuando murió en 1937, todavía estaba trabajando en una última novela, Los bucaneros, que sería revisada por su albacea literaria y publicada un año después.

(c) Araceli Otamendi - Archivos del Sur

bibliografía:

Edith Wharton, Una mirada atrás, Ediciones B

Edith Wharton, The age of innocence, Washington Square Press published by Pocket Books

sábado, 22 de octubre de 2011

Artigas, La Redota - La novela por Magda Lago Russo

(Montevideo)Magda Lago Russo


Con motivo de la celebración del Bicentenario del Proceso de Emancipación Oriental se estrenó en Uruguay la película española - uruguaya “Artigas, La Redota” con guión del escritor Pablo Vierci, que a la vez presentó la novela del mismo nombre. Entre la realidad y el mito, esta magistral novela reconstruye episodios y personajes verosímiles, en una época ciertamente increíble: la de la debacle europea y la emancipación americana, a comienzos del siglo XIX. Escrita en paralelo a la elaboración del guión del film -libreto que Pablo Vierci escribió junto a César Charlone, la novela abarca un universo con todas sus dimensiones y complejidades, reconstruye episodios y personajes verosímiles y persuasivos. Cuando se hace recreación histórica, el cine y la literatura se convierten en lenguajes complementarios, porque la imaginación completa lo que los historiadores no pueden contar, y la novela ingresa en territorios y subjetividades donde el cine, por su propia naturaleza, no consigue alcanzar. Lejos del acartonamiento que suele acompañar la epopeya de los héroes, acampado en el entrono más agreste junto con un pueblo errante y fugitivo, acosado por dos Imperios, Artigas y su mundo respiran vida por todos los poros. Hay en su periplo aventura, esperanza, heroísmo, cobardía, pasión, amor, traición, venganza, frustración, combate y muerte. Artigas- La Redota da permanencia al pasado y convierte la Historia en un deslumbrante descubrimiento. Las imágenes, los personajes y episodios que flotaban, sueltos, en la memoria, se hilvanan en una urdimbre cambiante, donde todos se sienten involucrados. Como en un espejo, recrear el revés de la trama reproduce, en forma épica, por momentos desconcertante y salvaje, la propia vida. Perseguido por un sicario español y desesperado y por un rastreador de almas -el pintor Juan Manuel Blanes, que necesita plasmarlo en un retrato-, el Jefe de los Orientales se convierte en el protagonista de un viaje por el tiempo, por todos los tiempos, en busca de un enigma que no se deja aprehender fácilmente
“Escribí la novela junto con el guión de la película, pero la película acota, constriñe y encorseta por la necesidad del lenguaje. En ese sentido el lenguaje del guión de la película es muy comprimido. El guión del cine te obliga –cuando hacemos historia- a comprimir y comprimir. Y en ese sentido a veces es ingrato; la película es como la punta del iceberg y el sustrato donde se sostiene ese universo mucho mayor está debajo, que es la novela.” Mixturando la novela histórica con la crónica periodística, Pablo Vierci construye un relato tan minucioso como detallado, que retrata elocuentemente la convulsionada escenografía de la Banda Oriental de 1811 y 1812. El autor no omite referencias a la génesis del éxodo del pueblo oriental, devenido de un tenso desencuentro entre Artigas y la Junta de Buenos Aires, que pactó con los españoles el levantamiento del sitio de Montevideo. Pablo Vierci se adentra en los indómitos y a menudo salvajes territorios de esa región azotada por la violencia militar, la traición y las intrigas políticas. Mediante un formato novelesco que obviamente no soslaya las técnicas de la escritura cinematográfica, el autor reconstruye los paisajes urbanos y rurales, que marcan una radical dicotomía entre Montevideo colonial y la naturaleza salvaje y exuberante de una geografía aún virgen y desafiante. Empero, lo primordial es la descripción de esa rebelde y heterogénea multitud que sobrevive a la intemperie junto a su carismático líder, integrada por soldados, gauchos, indios, negros y hasta patricios. En ese contexto, la mirada del mercenario que debe matar a Artigas aporta una visión exterior y europea, sobre los acontecimientos políticos y militares que transcurren en la Banda Oriental. Una de las mayores virtudes de este relato es la plausible humanización de los personajes, que, en este caso, están absolutamente disociados del discurso oficial."Artigas: La Redota" es una novela apasionante, que recrea uno de los episodios más emotivos y significativos de la gesta emancipadora.
Nota sobre el autor. Pablo Vierci nació en Montevideo en 1950.Es autor de varias obras, entre ellas: “Detrás de los árboles” (1987) 2º Premio Nacional de Literatura (Uruguay),”99% Asesinado” (2004) que obtuvo también el 2º Premio Nacional de Literatura. Escribió guiones para documentales y largometrajes, obteniendo premios por mucho de ellos. Otra obra muy conocida es “La Sociedad de La Nieve” (2008) sobre la tragedia de los Andes.

(c) Magda Lago Russo

Montevideo

Uruguay
Fuentes
Artigas, La Redota - Pablo Vierci.
Editorial Sudamericana.

sábado, 17 de septiembre de 2011

La soledad - Refutación a Schopenhauer - Dr. José Stancanelli

La soledad - Refutación a Schopenhauer

Desde el fondo de los tiempos el hombre ha sufrido, y enfermado, por la soledad que le circundó, y le circunda. Y también, desde hace milenios, se han ensayado ponerle fin, a nivel rudimentario, y luego, principalmente fue tratada en forma abstracta por los sabios griegos en sus ensayos filosóficos. Siglos después se trabajó en hallar una forma más práctica y filosófica, en encontrarle una explicación más o menos confesional.
Y como se ha encontrado en ella, en la soledad, el grado sumo de éxtasis y exaltación para la creación del pensamiento y todas sus derivaciones, artísticas o no, filosóficas o no. El solitario, ya sea por decisión propia o de las circunstancias de su vida, era un pensador, un artista, o un clérigo dedicado a ella en sus meditaciones, No sólo eran respetados, o temidos, por la sociedad circundante por sus influencias políticas o confesionales, hasta entrado el Renacimiento y las etapas históricas que le siguieron hasta casi nuestros días. Por supuesto, siempre que la obra pensante, de cualquier género que fuere, no estuviere contra los intereses del Poder de turno, o de la Iglesia, que Inquisición mediante, tenía la criminal costumbre de liquidar o incinerar a los pensadores oponentes o “herejes”, como a cualquier otro ciudadano acusado de herejías.
En este contexto pos renacentista se ubican ensayistas como Schopenhauer, que trató varios temas, entre ellos la soledad.
Con los alcances científicos, y técnicos, de su época...
Así, Schopenhauer pretende sentar su concepto cuando nos dice que
“para ciertos individuos intelectualmente elevados la soledad es el momento supremo de la creación, y, para algunos más superiores, elegidos, es la creación misma…". “Dios encerrado en una biblioteca, o taller o monasterio pensando, desde su Trono, en la soledad”. “El hombre solitario es una bestia, o es un Dios” (Aristóteles).



¿Es ello cierto? Evidentemente no, por la muy sencilla razón que la soledad ascética, sin presupuestos de la historia de vida de quien la sufre y memoriza, recuerda con sus, sufrimientos, alegrías, y todos los eventos constitutivos de esa vida y sus circunstancias, no existe. Y lo sufren individualmente, todos los hombres. “No hay árbol que el viento no haya sacudido” (proverbio hindú, Bagdavad Gita).

Nunca estamos solos, ni aún en los casos patológicos Tschaicovski compuso sus dos bellas y últimas sinfonías cuando estaba internado en un manicomio, es decir en la soledad del mundo que habitaba, poblado de Fantasmas y recuerdos ciertos o no, que no era el nuestro evidentemente. Beethoven, ya en su madurez, sufriendo una sífilis que lo llevó a la locura compuso sus mejores páginas, entre ellas la Novena Sinfonía. Y así podríamos seguir repasando las páginas de la historia, donde se encontrarán varios casos de seres superiores en la elaboración de su arte o pensamiento, que pasaron por iguales enfermedades mentales y patologías, con soledades pobladas de dolor, violencias y espanto, y estamos recordando a Van Gogh con afecto y soledad poblada, una vida sufriente, compleja, llena de sufrimientos y dolor intenso e interior, ejemplar en su genio, que terminó en el suicidio... “El infierno está hecho en esta palabra. Soledad (Víctor Hugo)”, “La soledad es el infierno de la conciencia” (Gustavo A. Becker)

Señalamos que muy lejos de la soledad entendida por Schopenhauer, estos seres estaban sumidos en la psiquis emocional de su mundo en primer lugar, repoblados de recuerdos, ficciones y momentos existenciales propios o ajenos que, por cierto, no les hacía imposible el trabajar en forma genial.
Y que nos es imposible descifrar o mencionar. Agregándoles además la soledad discriminatoria que les hacía la sociedad medianamente cuerda, que les trataba como si fueren de otro mundo. Estamos señalando un hecho histórico no de valor... Ello, claro está, cuando no se adaptaban al statu quo social medio, y clerical. “Nada más odioso para la sabiduría que la excesiva agudeza” (Demócrito).
Ergo la soledad de la que habla Schopenhauer no existe en forma aislada de nuestra historia como individuos sociales o no. Existe un pre, para que exista un pro, dado que nada nace, todo cambia, todo se transforma. Sin estos presupuestos básicos material y dialécticamente no existimos, salvo en la escuela filosófica de los Idealistas clásicos, y que Schopenhauer parece reconocer en una de sus obras: “No hay nada en lo actual que antes no haya existido” (Aristóteles).

Ab initio hacíamos una introducción que abarcaba casi todo nuestro pensamiento respecto del tema. Se ampliarán los conceptos.

El pensador en su ensayo nos menciona la soledad como un privilegio, y sólo para espíritus elevados, cuantos más elevados mejor. Está discriminando respecto a los demás seres humanos que suponía, no tuvieren un espíritu tan elevado como el suyo, no sólo no podían conocer la soledad como estado de éxtasis, y creación, sino que por ser inferiores eran felices, propendían a la sociabilidad eterna tanto de sus espíritus como de su vida, y, por ende, eran inferiores. Como decía nuestro Poeta Lugones: “Dichosos de vosotros los idiotas, que alimentais famélicos la panza…”.

Profundo error de muchos pensadores que creen seriamente ser los elegidos para decir la “palabra” y señalar el “verbo”... Los demás acatan, viven, y mueren sin aportar nada a la especie. No estaría sobreabundante decirles aquello que ya se ha dicho miles de años: “Callate lo que sepas…”(Solón)
Error sociológico y político. La historia, con soledad o sin ellas, generalmente las hacen los Pueblos, acompañados por intelectuales lúcidos, sin preconceptos idealistas, y con una alta visión del mundo por venir. Es decir un cambio profundo, como una revolución, que les cambie su entorno, circunstancias y formas de vida. No conozco a ningún gran solitario, que exalte a la soledad como privilegio, que haya intervenido en estos grandes partos de la historia, pareciera Schopenhauer mismo darnos la razón cuando afirma que “Cada uno tiene la máxima memoria para lo que le interesa…”.

Si se refiere a la “memoria”, y a sus “intereses”, nos está demostrando que La soledad, como tal, no elige por intereses, sino no acudiría a la memoria por acto reflejo. La otra “memoria”, la consciente, si elige aquello que le interesa, aunque luego, tal vez, tenga que pagarlo muy caro en su psiquis...

Salvo, claro está, que el pensador haya querido describir la soledad que debe rodear el trabajo que realiza. Es decir estoy solo en mi biblioteca, sin nadie que me interrumpa o moleste con su charla, o un perro que me distraiga con sus ladridos. ¿Se refería a esta soledad? Lo dudamos, no pensamos que Schopenhauer pensare escribir sobre estas cotidianas y caseras cuestiones. Cada pensador, o escritor, se rodea de la soledad física que más le ayuda en su trabajo, aún de las exóticas. Pero no es de esta soledad que discurrimos, ni discurrían tan ilustres maestros. Honoré de Balzac escribía sus obras de noche, y previo a ello, se vestía de monje. ¿Por qué? ¿Quién lo sabe? Todos tenemos nuestros mitos internos, psíquicos, propios, y quien más quien menos también tenemos nuestra anormalidades psicóticas. Sin ellas la existencia sería imposible.
Ergo, volvemos al tema de este trabajo. Debemos afirmar que hasta el feto dentro del vientre de su madre, alcanzado cierto desarrollo, oye palabras, conoce sus sonidos, sueña y recorre el mundo del subconsciente; come y respira, y decide respecto de sus actos físicos dentro de la bolsa que le cobija, pudiéndose decir que son actos reflejos, Pavlov, pero actos al fin que dejarán la marca genética, junto al genoma, a lo largo de su vida.
Es decir existe un pre desde este estado no natal. ¿Los recordará? No lo sabemos ni él mismo lo sabrá. Pero que tendrán proyecciones en su carácter, formación y vida propia no cabe duda. Esa, y no otra, será su vida futura diseñada por sus genes, y rediseñada por sus antecedentes fetales, sin perjuicio, claro está, del genoma que lo hace único e irrepetible.
Los individuos con enfermedades mentales tienen su pre y su pro. Y, en intervalos lúcidos, también arrastran la memoria de los eventos, de cualquier naturaleza, que se hayan fijado en su subconsciente en el decurso de sus vidas, lúcida. O no... Y los une a los producidos en su patología, haciendo con ello su soledad, la misma en que se debate su espanto y dolor profundo, supuestamente, ya que se ignora si ello sucede, o no...
¿Sufren en la soledad en que se suele aislarlos? No lo sabemos, ni lo saben los neurólogos o psiquiatras, ya que por muy avanzada que esté la tecnología no pueden sino señalar con colores el trabajo cerebral ante determinados impulsos, sonidos, palabras, o situaciones que se crean, o le crean los que pretenden penetrar su mente. Todo lo demás son palabras de diván….
Si conforme todo lo anterior el hombre, como especie, ha tenido un antes y un después, es evidente que la soledad ascética no existe ni es posible, está acompañada de ese antes y después. Es la historia de su vida con todas sus circunstancias. “Quizá la mayor equivocación acerca de la soledad, es que cada cual va por el mundo creyendo que es el único que la sufre”. (Jean Marie Laskas).
El hombre y sus circunstancias
(André Malraux) que llenaron, para bien o para mal, esa vida, proyectada a nuestro consciente, en soledad, como acto reflejo fuera de nuestra voluntad.
Ergo, la soledad que está pasando en este momento histórico de su existencia no está sola, valga la redundancia, sino acompañada de algunos de esos conceptos que poblaron su historia, y, casi siempre, se recuerdan momentos que nos producen culpa, arrepentimientos, ansiedades y dolores extremos y conflictivos, hechos tormentosos de nuestra vida, pasado borrascoso en el que hicimos uso de nuestros peores instintos que son irreparables. Muy de vez en cuando, y por impulsos externos que nos inducen, vienen a nuestra memoria, y en soledad, momentos supremos, gratos y definitorios de nuestra existencia. La paz interior y su proyección: la felicidad. Un instante en la vida. “Una persona puede sentirse sola, aun cuando mucha gente la quiera…” (Ana Frank).

Se reproducen en nuestra memoria que los almacena. Los momentos desagradables nos producen un estado casi inevitable de soledad enfermiza, acompañada por el recuerdo de los que fueron heridos, generalmente, seres queridos ya muertos, o hechos y circunstancias desgraciadas en las que tocamos fondo como seres pensantes, que nos puede conducir a una depresión profunda o a una construcción de nuestro dolor en las mejores páginas del pensamiento humano, o en las peores y más atroces conductas del mismo… Ya lo establecimos: cada hombre, con su historia a carga, es único e irrepetible. Pero ello no lo hace superior, o un Semidiós, todos somos iguales en nuestra constitución, el genoma y la sociedad hacen las diferencias.
Esta es la soledad que Schopenhauer llama como patrimonio de los espíritus superiores…”, (lo dice textual “La soledad es la suerte de los espíritus excelentes” que remitimos a las ideas que reprodujimos al comienzo para formar todo su pensamiento).
Que les permite trabajar a estos espíritus superiores de la mejor y más lúcida forma, porque transforman todos los momentos de su historia, buenos o malos, en las más bellas páginas del pensamiento humano. Y mencionamos por página toda expresión del pensamiento, aún las talladas en mármol como estatuas. ¿Puede existir una página más bella y humana de humanidad universal , que La Piedad, de Miguel Ángel?
Por contrario, el individuo “no extraordinario o elegido”, el ser común y cotidiano, deriva ese estado en una enfermedad, la depresión, generalmente, junto a otras psicopatías, puede terminar en el suicidio. Hombres genéticamente iguales, con historias diferentes y destinos diferentes.
Es en ese estado diferencial que el pensador reclama para sí; sin detallarnos, claro está, los hechos de su vida que le llevaron a ese compuesto mental de creación y lucidez extraordinarias. Aunque, a través de sus biografías, y obras las conozcamos, y tienen también sus partes oscuras, que, lógicamente, también constituyen el bagaje de su existencia, y pueden ser fundamento de sus pensamientos más grandiosos.
Gorki, Zola, Modigliani, Beethoven, Van Gogh, Tolstoi, Dostoievski, Gramsci, Che Guevara, Madre Teresa, María Callas, Camus, R. Clair, Milton, Kafka, sólo de épocas recientes tomados al azar y muchos otros que llenarían estas páginas vivieron inmersos en el dolor, la angustia, las contradicciones, y la soledad…. Esta, fue, generalmente, la compañera de esos estados emocionales, mentales, psíquicos., que los llevaron a la genialidad, no a la desigualdad en la especie.
Es evidente que Schopenhauer está refiriendo a esta soledad, a la que estamos tratando como dolor, o alegría, del alma, y sus creaciones, de cualquier índole que fueren, realizadas por altísimos espíritus, o por los que no los poseen por cuestiones sociales y educativas, pero que, en un grado de exaltación, escriben los más bellos momentos de la historia, aún con sacrificios de su propia vida, decididos en la soledad de su personalidad...
Aunque la soledad física también tiene sus objetos de estudio.
Existen seres que la prefieren, se encuentran cómodos en ese silencio de los cementerios, que no admiten ni una mascota, y pasan sus horas frente al televisor, la computadora o esas máquinas diabólicas que existen hoy precisamente para aislarnos y mantenerlos cada vez más solos, incultos, y disgregarlos respecto de la sociedad que los circunda. Creemos que no sea el ambiente más fresco, propicio y circundante para pensar, escribir y, sobre todo, ensayar tesis que pueden conmover al hombre. Este, antes de pensar debe existir, y existir plenamente, de lo contrario será un misántropo o un misógino. Vivirá fuera de la especie, y nada aportará a ella.
Para diferenciar unos sujetos de otros, la soledad física no implica, necesariamente, estar solo y en un ambiente sepulcral que sea propicio al pensamiento, o al nihilismo más absoluto. Nada más común y vulgar. El que esto escribe ha estado rodeado de gente, y no obstante ello ha estado en una soledad mental total para elucubrar sus pensamientos, escribir en el disco duro de su cerebro y luego pasarlo a la computadora, o mantenerlo en su cerebro por meses, donde lo recoge cuando el tema vuelva a su conciente, para ampliarlo, corregirlo o para su solaz. Y no es ni misántropo ni misógino.
Incluso ha tenido la experiencia personal de estar internado en un neuropsiquiátrico para tratarse de una depresión profunda, y, rodeado de psicóticos graves, en papel higiénico escribía sus más hermosos poemas o prosa sobre rostros, gestos, comunidad y comportamientos de los grupos humanos anormales que lo rodeaban, y en ese momento formaban su mundo físico y social.
Ajeno a ellos y sus mundos, ellos ajenos a nuestro mundo y creación. Ambos estábamos en soledad acompañada. Aún los recuerdo, después de casi 40 años, y ha sido unos de los momentos más felices y lúcidos de mí vida. Prueba acabada de la coexistencia entre la soledad creadora, y el gregarismo social, aún con enfermos mentales. ¿Cuál era la diferencia? ¿Mi espíritu era genial, superior, diferente al de éllos? De ninguna manera, sólo nos separaba la enfermedad, y la formación cultural y social de cada uno.
Ergo, soledad no significa estar solos. Cualesquiera sea la forma de ella, el ambiente en que estamos, y las circunstancias que nos rodean, la soledad es acompañada. Por ello decíamos al comienzo que ascética como la presenta Schopenhauer no existe, salvo en otro mundo, ficticio o real, pero no creado por el hombre. Si se admitiere lo contrario, el que lo haga se estaría colocando en el lugar de Dios. Y, honestamente, pensamos que a todo ser viviente le pesaría la Corona, por más alto que intente, o crea intentar, hacer volar sus pensamientos. Aún Schopenhauer.
La soledad es un estado intimísimo, angustiante o no, doloroso o no, lúcido o no, patológico o no, capaz de engendrar los más hermosos instantes de la especie, o de despertar sus más bajos instintos. No deja de ser una parte de nuestro genoma humano y social, creador con otros componentes de la historia de hombre individual en su largo devenir. Y así seguirá.

(c)José Stancanelli
La Reja,
Moreno
Provincia de Buenos Aires
Julio de 2011


Acerca del autor:

José Stancanelli nació en Buenos Aires el 12/08/1931
Egresado de UBA en 1959, como Procurador, Escribano y Abogado.
Doctorado en Derecho Político con el Prof. Dr. ALFREDO PALACIOS. Tesis “DERECHO DE RESISTENCIA A LA OPRESION”, incluida en la modificación constitucional de 1994, 34 años después.
Doctorado en Derecho Penal con el Prof. Dr. JIMENEZ DE ASUA, Vicepresidente de la República Española en el exilio
Tesis: “PSIQUIATRIA SOCIAL PENAL”
Profesor de UBA. Como adjunto del Prof. Dr. SEBASTIAN SOLER, Cátedra Derecho Penal.
Titular cátedra de FILOSOFIA DEL DERECHO, en reemplazo de GIOGIA Y COSSIO, por concurso.
Profesor de DERECHO PROCESAL PENAL.
Profesor de DERECHO PENAL.
Títulos: DR. EN DERECHO y Cs. SOCIALES, POLITICAS Y PENALES.
Ensayista en diversos temas que hacen al devenir del hombre.
Poesías. Cuentos. Escritos y denuncias s/ Sistema Judicial.
Pueden leerse todo el trabajo desde 1960 a la fecha en la pág. web www.josestancanelli.com.ar

jueves, 14 de julio de 2011

La palabra jamás mencionada por los críticos de Rayuela - Jorge Fraga

(c) Alicia D´Amico


















(Buenos Aires) 

Continuamos publicando ensayos de Jorge Fraga  sobre Rayuela de Julio Cortázar, quien eligió a la revista Archivos del Sur para la publicación de estos textos.

La palabra jamás mencionada por los críticos de Rayuela


…la imagen de Romero se confundía con sus invenciones, padecía de una falta de crítica sistemática y hasta de una iconografía satisfactoria. Aparte de artículos parsimoniosamente laudatorios en las revistas de la época, y de un libro cometido por un entusiasta profesor santafesino para quien el lirismo suplía las ideas, no se había intentado la menor indagación de la vida o la obra del poeta. Algunas anécdotas, fotos borrosas; el resto era leyenda para tertulias y panegíricos en antologías de vagos editores.

            Este fragmento pertenece al inicio del segundo relato de Octaedro, “Los pasos en las huellas”, publicado once años después de Rayuela. En este relato, según la interpretación alegórica que yo mismo proponía unos meses atrás [el autor remite aquí y en otros momentos a diversos trabajos colgados en su blog www.teoriadelentusiasmo.blogspot.com], Julio Cortázar elaboraba un diagnóstico de la recepción de su gran libro entre los lectores y los críticos. El defecto  fundamental de esa recepción aparece claramente formulado en la última frase: “algunas anécdotas, fotos borrosas; el resto era leyenda”; o sea, una bienintencionada, pero irreductible, falta de profundidad.

            Aun cuando descartásemos que nuestro escritor tuviera Rayuela en mente al escribir “Los pasos en las huellas”, lo que ese cuento dice sobre la obra de Claudio Romero es algo que podemos transportar igualmente a la figura de Julio Cortázar, vista la bibliografía crítica existente hoy en día sobre su principal libro. Cómo explicar, si no, el fenómeno que vamos a analizar en este artículo, consistente en la sistemática omisión por parte de la crítica de una palabra cuya importancia es capital para comprender la  gran obra del escritor argentino. Y ahora no estoy hablando de ese «entusiasmo» que vengo preconizando desde hace algún tiempo; ahora se trata de algo que pertenece a la estructura de Rayuela tanto si lo leemos en su versión entusiasta –o sea, como libro insólito- como si lo leemos en su lectura común –o sea, como novela-. Se trata de algo que aparece en la misma superficie del texto de la obra, por más que luego también penetre las distintas capas que conforman su fondo; y que lo hace no sólo de un modo oscuro y ambiguo -que también, como es usual en Cortázar-, sino además de un modo relevante, evidente, incluso ostentoso.

            Hay una palabra en particular, referida concretamente a cierto procedimiento verbal, que nunca han usado los críticos de Rayuela, a pesar de que el libro la está pidiendo a gritos. Eso sólo puede significar que ninguno de esos críticos ha entendido debidamente el importantísimo uso de ese recurso literario en la obra de Cortázar y que, en definitiva, no han leído Rayuela con la sensibilidad, la profundidad y el rigor que esta obra requería. Son estos el lugar y el momento adecuados para ir en busca de esa palabra jamás mentada por los críticos de Rayuela.

Las hojas secas del capítulo 84

            Tomemos como punto de partida el inicio del capítulo 84 del libro, cuyo análisis  ya realizamos en otro momento. Ahí encontramos a un solitario Horacio Oliveira paseando por el Quai des Célestins, recogiendo unas fascinantes hojas secas en el suelo, y pegándolas a una lámpara en su habitación. Al lugar acudía primero Gregorovius, el esotérico, quien no prestaba atención alguna a la composición plástica de su amigo; y al día siguiente –o unos días después- se presentaba Etienne, el pintor, que en seguida quedaba arrebatado por los detalles de ese ready-made que yo titulé «Hojas secas con lámpara». Tras relatar este breve episodio, el propio Horacio lo resumía en abstracto con su comentario (“una situación, dos versiones…”), y seguidamente se ponía a meditar -en lo que podíamos interpretar como un disimulado apóstrofe al lector- sobre tantas cosas fascinantes que quizá permanecen ajenas a la propia mirada.

            Ya vimos que el contenido de este fragmento se prestaba fácilmente a una correspondencia analógica con el texto en que se insertaba; o sea, Rayuela. Y aunque en su momento enfocamos la cuestión desde la perspectiva de nuestra Teoría del Entusiasmo, ello no resultaba estrictamente necesario; para establecer esa relación analógica entre la parte y el todo no hace falta entrar en la cuestión de una obra que pueda leerse desde dos estados de conciencia distintos.  Podemos prescindir, por lo tanto, de diversos datos suministrados por Cortázar: del estado privilegiado de Horacio convertido en flâneur; del hecho de que Etienne se entusiasme con las hojas; de esa meditación de Horacio que le lleva a pensar en unos misteriosos “estados excepcionales”. Centrémonos tan sólo en el hecho plasmado literalmente en el fragmento, a saber: la contemplación de un mismo objeto con dos miradas distintas, la primera pasiva y la segunda activa. ¿No es esto motivo suficiente como para sostener la posible relación analógica de ese fragmento con la doble textualidad de Rayuela? Es decir, como una obra con dos posibilidades de lectura, una de corrido y otra salteada, que es la forma simplista y limitada en que se ha entendido hasta hoy toda referencia a una doble recepción del libro. También desde esta perspectiva las reacciones de Etienne y Ossip ante la lámpara de Horacio se prestan, respectivamente, a una correlación equivalente y proporcional con el lector activo y el lector pasivo de Rayuela.

            Y ahora viene la pregunta: ¿Es esto una casualidad? ¿Resulta puramente azaroso que la «conversación llamada “Hojas secas en lámpara”» muestre cierta similitud estructural con la «conversación llamada Rayuela», incluso contemplando ambas en su aspecto más superficial? Si éste fuera un caso único, quizás; pero el inicio del cap. 84 es tan sólo un ejemplo de un recurso expresivo usado con profusión en Rayuela -con formidable profusión, de hecho-, cuyo nombre nadie ha mentado hasta hoy a propósito de ese libro. ¡Ni siquiera lo mencioné yo mismo al realizar en junio la exégesis de dicho fragmento! Aunque yo tenía una razón: estaba esperando este momento… Pero antes de mencionar definitivamente la palabra en cuestión, y postergando todavía un poquito más su entrada en el mundo cortazariano, pongamos este primer ejemplo en relación con un segundo caso, también conocido por mis lectores:

La interlineación del capítulo 34

            Con el inicio del capítulo 84 y sus hojas secas sucede prácticamente lo mismo que con el capítulo 34 de Rayuela. De ello hablamos hace ya varios meses, en el artículo titulado “El affaire Galdós”, pero sin duda recordarán ustedes el asunto sin necesidad de releer mi artículo: se trata de ese capítulo de Rayuela en el que las líneas pares reproducen el pensamiento de Horacio, y las líneas impares el fragmento de una novela (Lo prohibido) que el personaje va leyendo tras encontrarla al lado de la cama vacía de la Maga. Ahí también teníamos algo (las líneas intercaladas de un libro de Galdós) que en principio sólo formaba parte de un pequeño segmento del libro (el capítulo 34) pero que al mirarlo bien (tal como hiciera en su momento el crítico Randolph F. Pope) ponía al descubierto las amplias correspondencias existentes entre los argumentos novelísticos de Rayuela y de Lo prohibido. Esta semblanza argumental se basa, a grosso modo, en la peripecia de un protagonista masculino sumido en una misteriosa búsqueda; en la primera parte de ambos libros, este personaje renuncia al amor que le une a una mujer muy especial, mágica, con la que jugaba a encontrarse azarosamente por las calles de una gran ciudad; y en la segunda parte, desplazado el personaje a otra ciudad, cree ver la reencarnación fantasmagórica de ese amor perdido en la figura de una segunda mujer, fiel esposa de un amigo, que le rechaza.

            Así pues, tenemos por un lado el capítulo 34, en el que se produce la interlineación entre dos microtextos pertenecientes a Cortázar y a Galdós; y por el otro lado tenemos los macrotextos respectivos de cada fragmento, Rayuela y a Lo prohibido, que presentan fuertes correspondencias argumentales entre sí. La interlineación del capítulo apunta, de modo figurado, a la imbricación de los argumentos novelísticos: nuevamente, tal como sucedía en el caso del capítulo 84, se presenta una relación de equivalencia entre la parte y el todo. ¿Se trata de otra casualidad?

            Tanto para el capítulo 34 como para el 84, la relación entre los fragmentos y el texto global en que se insertan es la misma; se trata de la analogía, es decir, de una correspondencia equivalente y proporcional entre los elementos que integran dos conjuntos distintos, y que podemos expresar con la fórmula [(a+b+c) = (d+e+f)]. Sin duda alguna, la analogía, procedimiento de lo más versátil y proteico, está en la base de los dos casos; pero de ella ya hemos hablado en otros momentos, y también lo han hecho otros críticos de Rayuela antes de nosotros. No es esta palabra, demasiado genérica, la que nosotros estamos buscando: falta concretar qué clase concreta de analogía es la que tenemos ahí.

            La clave del asunto está en la identificación de la parte con el todo: aquello que podemos expresar con esta otra fórmula, más adecuada a los dos casos que estoy comentando: [(a+b+c) = (A+B+C)]. En esta clase de analogía, los fragmentos se constituyen a la vez como metáforas y como descripciones del texto del que forman parte. La parte señala, subraya, retrata o aísla, metafóricamente, uno o varios aspectos pertenecientes al todo. Es una autodescripción metafórica del todo a través de sus partes; es un «describirse-comparándose». Rayuela no sólo hace gala de este recurso en su texto, si no que incluso alude al mismo en diversos momentos del libro. Sin mentarlo directamente, lo señala de forma implícita; por ejemplo, en el capítulo 145, mediante la transcripción de un extracto del Ferdydurke de Witold Gombrowitz (la cursiva es mía):

Una cita:
«Esas, pues, son las fundamentales, capitales y filosóficas razones que me indujeron a edificar la obra sobre la base de partes sueltas –conceptuando la obra como una partícula de la obra (…)  Pero si alguien me hiciese tal objeción: que esta parcial concepción mía no es, en verdad, ninguna concepción, sino una mofa, chanza, fisga y engaño, y que yo, en vez de sujetarme a las severas reglas y cánones del Arte, estoy intentando burlarlas por medio de irresponsables chungas, zumbas y muecas, contestaría que sí, que es cierto, que justamente tales son mis propósitos»

            Este extracto de Gombrowitz no es únicamente una remisión al uso de metáforas que hablan de la propia obra; ¡la propia cita incorpora, a su vez, e inmediatamente, otra de esas metáforas! Pues Cortázar, mediante el texto del Ferdydurke, está retratando de forma indirecta el carácter abiertamente iconoclasta de su propia obra, y su pretensión de trascender con ella el arte de su tiempo. ¡Sí, tales propósitos son los de Cortázar!

            Y en el capítulo 109 encontramos otra metáfora más, en esta misma línea autodescriptiva, edificada esta vez sobre la idea de que Rayuela es un álbum de fotos (la cursiva, nuevamente, es mía):

En alguna parte Morelli procuraba justificar sus incoherencias narrativas, sosteniendo que la vida de los otros, tal como nos llega en la llamada realidad, no es cine sino fotografía, es decir que no podemos aprehender la acción sino tan sólo sus fragmentos eleáticamente recortados. (…) Morelli pensaba que la vivencia de esas fotos, que procuraba presentar con toda la acuidad posible, debía poner al lector en condiciones de aventurarse, de participar casi en el destino de sus personajes. (…) El libro debía ser como esos dibujos que proponen los psicólogos de la Gestalt, y así ciertas líneas inducirían al observador a trazar imaginativamente las que cerraban la figura.

            Las mentadas “incoherencias narrativas” de Morelli, como todos sabemos, no son otra cosa que Rayuela; no supone mucho esfuerzo extraer de ahí, por lo tanto, que el texto de ese libro no se identifica con la continuidad lineal de su argumento (no es cine), sino que en el fondo es una sucesión de fragmentos fijos (es, por el contrario, fotografía). Es decir: los distintos fragmentos discretos que componen Rayuela (episodios, capítulos, citas) no son propiamente secuencias narrativas del argumento lineal del libro, sino figuras aisladas que remiten insistentemente a un solo contenido fijo. Resultado: un álbum fotográfico elaborado con las distintas tomas de un mismo y único paisaje. Y eso es algo que sucede, nos dice Morelli, “con toda la acuidad posible”: ¡Ahí queda dicho!

            La fórmula resultante de esta ubicuidad descriptivo-comparativa es: [(A+B+C) = (a+b+c) / (a+b+c) / (a+b+c) /… et caetera]. No está de más recordar ahora lo que dice el capítulo 4: “Morelli (…) pretendía hacer de su libro una bola de cristal donde el micro y el macrocosmo se unieran en una visión aniquilante”… En el fondo no estamos hablando tan sólo de los capítulos 34, 84, 145 y 109, sino que nos enfrentamos a algo que se extiende como una plaga por toda la textualidad de Rayuela. Se trata de algo que forma parte estructural del estilo de ese libro, hasta el punto que la correspondencia metafórica entre el microtexto y el macrotexto, ese pertinaz «describirse-comparándose», es precisamente la norma de esta obra de Cortázar. Lo tenemos en las hojas secas del cap. 34; lo tenemos en la intercalación de Lo prohibido en el capítulo 84; lo tenemos también en la celebérrima y archicitada frase de “París es una enorme metáfora”; lo tenemos en la discusión del cap. 9 sobre Klee y Mondrian; lo tenemos en la célebre discada de jazz, que ocupa 20 capítulos enteros; lo tenemos en el jazz mismo, citado ubicuamente en el texto del libro; lo tenemos en el concierto de Berthe Trépat…

            Lo tenemos, incluso, en la contraposición entre el mate y el café con leche que se realiza en el capítulo 41, y de la que los propios personajes nos confiesan:

         -Oh, sí –dijo Talita, mirándolo en los ojos-. Es verdad que te parecés a Manú. Los dos saben hablar tan bien del café con leche y del mate, y uno acaba por darse cuenta de que el café con leche y el mate, en realidad...
         -Exacto –dijo Oliveira-. En realidad.

            ¡Exacto! ¡”En realidad”! ¡La cursiva, aquí, en el original! Hay que estar atento las veces -que no son pocas- en que el texto de Rayuela dice cosas tales como “en realidad” o “en el fondo” -y más, cuando el propio Cortázar lo subraya, como es el caso ahora propuesto-, pues en su mayoría son ocasiones que desvelan lo que hay más allá de su fachada textual.

            Pero no nos fijemos tan sólo en la variedad de motivos temáticos sobre los que se construye este recurso; también debemos prestar atención a la variedad de estructuras narrativas y textuales que quedan implicadas en su uso. Por el lado de las estructuras narrativas, podemos encontrarlo tanto en un parlamento teórico de Morelli, como en un diálogo entre  personajes, como en un comentario de estos sobre cualquier cosa, como en una cita libresca de las muchas que sazonan el texto. Por el lado de las estructuras textuales, Cortázar se sirve de cualquier segmento menor que la totalidad para edificar una nueva metáfora de esa misma totalidad: así pues, lo tenemos en una sola frase; lo tenemos en un párrafo; lo tenemos en un capítulo entero; lo tenemos en un conjunto de capítulos…

            Y lo tenemos, también, en una novela entera: la que está formada por la secuencia de los capítulos 1 a 56 de Rayuela, leyendo de corrido. Es decir, que el libro para lectores pasivos también es -en el fondo- una metáfora autodescriptiva del libro completo de Rayuela –de lo que yo llamo el Rayuela insólito-. “Con toda la acuidad posible” significa, por lo tanto, que la analogía entre las partes y el todo está por todos lados, en todas las formas posibles, y que afecta a la totalidad del libro.

            Cada una de esas metáforas diseminadas por el texto es como un esquema o un mapa de Rayuela. Ese es el centro de tal enorme despliegue metafórico, un mismo todo para cada una de las partes. Y esto no necesita del entusiasmo para comprobarse: sólo hace falta mirar bien. ¿Cómo es posible que los críticos no se hayan dado cuenta de esto? ¿Cómo es posible que no hayan sido capaces de aislar debidamente ese recurso ni en una sola de sus manifestaciones? ¿Cómo es posible que los críticos de Rayuela no hayan mencionado nunca, en ninguna ocasión, para ninguna de las innumerables irrupciones de las que hace gala el texto, la palabra ékfrasis?

El comentario de Julio Cortázar
 a la Oda a una urna griega de John Keats

            Hoy, prácticamente 48 años después de que Rayuela saliera a la luz, por primera vez uno de sus críticos menciona abiertamente el término ékfrasis a propósito del mayor libro de Cortázar. ¿Cómo ha sido posible tan dilatada demora? A usted no le pregunto, señor Yurkievich, príncipe de la autocomplacencia, nombrado albacea de Cortázar por alguna extraña ironía del destino. Pero a usted sí, señor Alazraki, cuyas luces son mayores: ¿No debería haber salido este término, inexcusablemente, en unas aproximaciones a Cortázar? Y a usted también, señora Barrenechea: ¿No percibió siquiera una sola vez este asunto, ni en el texto, ni en el pre-texto? Aunque cabe señalar que tampoco lo vieron los críticos que para mí mejor leyeron a Cortázar, Luís Harss y Graciela de Sola, quienes nunca sacaron a colación esa dichosa palabra, ni nada que se le pareciera.

            Quizás debería ponerme ahora a elaborar una definición del término «ékfrasis», que significa propiamente «descripción» y que históricamente se ha aplicado sobre todo al retrato verbal de obras plásticas dentro de un texto literario. Se trata de un concepto teórico de larga tradición en la crítica de textos, cuya precisa acepción depende en gran medida del momento historiográfico en que nos situemos. Sin embargo, voy a dejar su definición para más adelante. Aquí voy a centrarme en cómo se presenta particularmente la cuestión dentro de la obra de Cortázar, analizándola en los propios términos que propone el autor argentino, tal como es mi divisa y mi costumbre. Y para saber cuál es el significado y el sentido que tiene la ékfrasis para nuestro escritor debemos remontarnos a unos cuantos años antes de que emprendiese la redacción de Rayuela.

            En 1946 Julio Cortázar publicó un artículo titulado “La urna griega en la poesía de John Keats”. En el mismo, tras una introducción general a la literatura romántica inglesa, el autor se centra en el análisis de una de las mejores odas de su amado Keats, la que da nombre al artículo. Este análisis se añadió luego al extenso volumen Imagen de John Keats acabado en 1952 (aunque publicado póstumamente, en 1996); y cabe señalar que la palabra «ékfrasis» no aparece mencionada en todo ese libro, ni siquiera en el artículo sobre la urna. No obstante, la oda a Una urna griega, donde el poeta inglés realiza la descripción detallada de las imágenes grabadas en el friso de una urna antigua, es uno de los ejemplos históricamente más característicos del asunto, y quizá el ejemplo más importante de su uso en toda la literatura moderna.

            La descripción de las imágenes grabadas en la urna constituye el principal motivo temático -así como el núcleo estructural- del poema de Keats. En su análisis de esta ékfrasis, Cortázar no sólo demuestra su capacidad para identificar e interpretar correctamente el uso de este recurso, sino que además elabora un pequeño recorrido histórico, una exposición elemental sobre su uso en distintas épocas de la literatura, añadiendo incluso alguna consideración sobre su análisis por parte de distintos teóricos de prestigio. Al leer el artículo, por lo tanto, quedará probado que a esas alturas –es decir, más de una década antes de iniciarse la composición de Rayuela- el escritor argentino conocía a la perfección en qué consiste la descripción ekfrástica, y no sólo a través de su lectura del poema de Keats, sino también por su amplia formación en teoría literaria.

            Podemos pensar que el doble hecho de que Cortázar no mencione ahí la palabreja en cuestión, a la vez que demuestra su dominio del tema, encaja con su explícita voluntad de rendir su homenaje a John Keats en un estilo dialógico alejado de todo academicismo. Y también encaja con la actitud de alguien que no era sobre todo un crítico, no lo olvidemos; si no antes de ello un narrador, y también antes de aquello un poeta. Así pues, no cabe acusar a Cortázar de omisión a este respecto; pero la falta de esa misma palabra en la bibliografía crítica sobre Cortázar (y no sólo para Rayuela, sino para los trabajos de Cortázar sobre Keats: ¿Dónde está la palabra ékfrasis, señor F. J. Cruz Pérez, en su artículo titulado “Julio Cortázar, lector de John Keats” de Cuadernos Hispanoamericanos, nº 555?) es ya un delito de lesa majestad. Ha llegado el momento de redimir ese delito.

            Ya en 1946, Cortázar sabía perfectamente de qué hablaba. Por un lado, situado ante el poema de Keats, que como hemos dicho es prácticamente en su totalidad la descripción verbal de una obra de arte plástico, el escritor activa en seguida los referentes adecuados: los grandes poetas antiguos griegos. Sucesivamente, Cortázar alude a la descripción de las armas de Aquiles el Pelida por parte de Homero, en la Ilíada; en segundo lugar, a la descripción del escudo de Hércules por Hesíodo, en el Aspis; y por último, a la descripción por Teócrito, en el Idilio, de los relieves de un vaso. Y para acreditar sus observaciones sobre esos tres precedentes, el propio Cortázar alude en nota al pie a un estudio canónico del tema, y que figura como una de sus principales referencias teóricas: el Laocoonte de G. E. Lessing, de 1766.

            Por otro lado, Cortázar no sólo demuestra conocer los antecedentes más señalados, sino que además deja fuera de toda duda algo mucho más importante: su perfecta familiaridad con el principio fundamental que constituye la esencia de la ékfrasis. El siguiente fragmento es la prueba de ello (las cursivas son mías, y la paginación remite a Imagen de John Keats, Alfaguara, 1996):

hay otra complacencia, y ésta del más puro “more poetico”: la que emana siempre de la transposición estética, de la correspondencia analógica entre artes disímiles en su forma expresiva. El paso de lo pictórico a lo verbal, la inserción de valores musicales y plásticos en el poema, la sorda y mantenida sospecha de que sólo exteriormente se aíslan y categorizan las artes del hombre, halla en estas descripciones de arcaica génesis su más punzante testimonio. (p. 284)

            Prácticamente tenemos aquí dos definiciones del recurso, brindadas generosamente por el propio escritor: En primer lugar, dice Cortázar, la ékfrasis es la descripción de una obra de arte establecida mediante una correspondencia analógica con carácter sinestésico o transartístico. Ello se corresponde con la fórmula [(a+b+c) = (d+e+f)], donde (a+b+c) pertenece a una clase de arte, y (d+e+f) a otra. En segundo lugar, Cortázar añade luego una observación (que él llama “sospecha”) acerca de lo que supone toda categorización extrínseca al propio medio creativo, como si el «desde fuera» -por decirlo así- fuera el único medio realmente válido que tiene un arte para hablar de sí mismo. Esto equivale a decir que lo artístico no puede traducirse fielmente al lenguaje ordinario, si no tan sólo expresarse a través de otra forma artística. En otras palabras: Sólo el arte puede dar cuenta cabal del arte (¿a qué célebre Teoría me recuerda esto…?).

            Todo ello apunta al establecimiento de una identidad profunda entre dos fenómenos, no a pesar de su pertenencia a distintos ámbitos creativos, sino justamente al contrario, basándose en las virtualidades expresivas subyacentes en esa misma diversidad. Como se ve, la analogía transartística es la enjundia de la ékfrasis, el corazón de la misma; como lo es también, en consecuencia, del hermoso poema de Keats. Siendo así, ¿cómo se le iba a escapar este recurso a nuestro autor? ¿Cómo no iba a percibirlo Cortázar como uno de los más importantes mecanismos metaforizantes de los que dispone un escritor? ¿Y cómo no íbamos a encontrar su presencia, ni que fuera algún rastro de la misma, en Rayuela, libro analógico, sinestésico y transartístico donde los haya?

            Una vez visto el dominio que Cortázar tiene de la cuestión, vayamos ahora a algo quizá más importante. El escritor ya ha aludido a las tres ékfrasis antiguas más célebres, las de Homero, Hesíodo y Teócrito; pero si ha mencionado estos tres referentes no ha sido por el afán didáctico de ponernos en antecedentes –más bien parece dar por sentado que ya debemos conocerlos-, sino como parte orgánica del análisis de la oda de Keats. Si alude a ellos es, primeramente, para subrayar los puntos en común entre esos poetas antiguos y el poeta moderno en el uso de la ékfrasis; pero sobre todo, en segundo lugar, para señalar luego las importantes diferencias entre los primeros y el segundo. Unas diferencias que, a la postre, delatan la existencia de una evolución histórica de ese mismo uso. Este progreso de la ékfrasis hacia su destino final empezaba ya a detectarse en la misma Antigüedad:

Si el escudo de Aquiles abunda en agitación y vida cotidiana, y el de Heracles es como la petrificación todavía palpitante de un grito de guerra, el vaso de Teócrito muestra ya claramente ese simplificar en vista de la armonía serena, reducción de una escena a las solas líneas que le confieren hermosura. La urna de Keats se va despojando de movimiento desde la notación inicial hasta la soledad vacía del pueblo abandonado. Una línea de purificación temática opera a partir del escudo hasta su moderna, casi inesperada resonancia en la Oda. (pp. 283-284)

            Cortázar está dándonos ya aquí, en 1946, las claves para la comprensión del peculiar aspecto que cobrará el uso de la correspondencia analógica transartística en su principal obra: Rayuela será un paso adelante en la línea continua de esa “purificación temática” que se incrementa progresivamente, a partir de Teócrito, hasta llegar a la obra de Keats. Pero ¿en qué consiste exactamente esa “purificación”? Dejemos que sea el propio Cortázar de 1946 quien nos explique esto, aunque la cita sea un poco larga:

Si oídas melodías son dulces, más lo son las no oídas

         Nunca alcanzó la poesía griega a expresar de este modo casi inefable la catarsis artística; los órdenes poéticos logrados por negación, abstractivamente, son conquista contemporánea y producto del enrarecimiento en la temática y la actitud del poeta. Con todo –y esto nos acerca a la analogía más extraordinaria entre la Oda y el espíritu griego que la informa- ¿no es atinado sospechar que la frecuente complacencia de los poetas helénicos en la descripción de escudos y de vasos nace de una oscura intuición de dicho tránsito catártico? El tema principia con Homero en su plástico relato del escudo del Pelida; descripción que debió parecer capital pues se la interpela quebrando la acción en su momento más dramático, desplazando el escenario épico para demorarse en las escenas que Hefesto martilla sobre el caliente bronce. ¿Y sólo por influencia suspende Hesíodo la inminencia del combate entre Heracles y Cicno y nos conduce sinuosamente por los panoramas abigarrados que pueblan el escudo del héroe? ¿Y hay sólo reflejo lejano en el cariñoso pormenor con que Teócrito describe el vaso que ha de premiar al bucoliasta de su primer idilio?

         Convendría más bien preguntarse: ¿qué especial prestigio tiene el describir algo que ya es una descripción? Las razones que mueven a Keats a concebir una urna y asomar líricamente a su friso, ¿no coincidirán estéticamente con las razones homéricas y hesiódicas? ¿No hallarán tales poetas un especial deleite en esas razones, no atisbarán acaso una más pura posibilidad estética?

         Ante todo, la descripción de escudos y vasos (reales o imaginados) implica posibilidad de ser poéticamente fiel sin incurrir en eliminaciones simplificantes, trasladar al verbo un elemento visual, plástico, sin aditamentos extrapoéticos y adventicios; porque el forjador del escudo y el ceramista del vaso han practicado ya una primera eliminación y transferido sólo valores dominantes de paisaje y acción a puros esquemas. Se está ante una obra de arte con todo lo que ello supone de parcelación, síntesis, elección y ajuste. (pp. 282-283)

            La ékfrasis, para Cortázar, por cuanto es –históricamente- la descripción verbal y poética no de cualquier cosa, sino precisamente de una obra de arte, viene a ser como arte elevado al cuadrado, como poesía elevada al cuadrado: “una más pura posibilidad estética”. La ékfrasis es descripción, sí, pero no se trata en absoluto de la descripción usada en la novela realista, tan denostada por Cortázar; sino de algo muy distinto, muy alejado de la mera representación. Se trata de algo profundamente poético, que puede llegar, incluso, a producir una catarsis. Ahí podría medirse la distancia que separa a la ékfrasis de una descripción realista, que normalmente provoca sólo bostezos. ¡La “catarsis artística”! ¿No será esta catarsis algo parecido a nuestro «entusiasmo»? Pero no vayamos tan lejos todavía; quedémonos tan sólo con que, sea lo que sea lo que conlleva la ékfrasis, se trata de algo lo suficientemente importante como para suspender la acción de un poema épico en sus mismos inicios, tal como señala Cortázar para los casos de Homero y Hesíodo; o para llegar a constituir, poco más tarde y hasta siglos después, el motivo principal del poema, como el escritor observa en los casos de Teócrito y de Keats.

            Por otro lado: ¿A qué se referirá Cortázar con eso de “los órdenes poéticos logrados por negación, abstractivamente”? Fijémonos en que a esos órdenes se llega plenamente en la época contemporánea -por más que ya se intuyeran en las obras de los clásicos-, y que esa plenitud es una consecuencia del progresivo “enrarecimiento en la temática y la actitud del poeta”. El autor está aludiendo ahí a la idea de un paulatino ensimismamiento artístico, que halla su grado extremo en la literatura moderna, y particularmente en la obra de un poeta extremo: “Tal vez no se haya señalado suficientemente el progresivo ingreso en la poesía moderna de los “órdenes negativos” que alcanzarán su más alto sentido en la poesía de Stéphane Mallarmé” (p. 286). Aquí tenemos otra de las claves fundamentales de la concepción cortazariana del asunto: para nuestro escritor, la ékfrasis, desde la Antigüedad y hasta la literatura contemporánea, ha sido un campo poético privilegiado en el que se puede observar claramente el aumento exponencial del carácter volcado hacia sí mismo («ensimismado») del arte.

            En Homero la ékfrasis era arte elevado al cuadrado, y en Keats ya es arte al cubo, y en Cortázar será… Pero antes: ¿Cuál es el locus de esa evolución, dónde resulta posible constatarla? Pues precisamente en la audibilidad del referente original de la ékfrasis, tal como delata el verso de Keats señalado por Cortázar: Si oídas melodías son dulces… ¡Las melodías no oídas -ahí queda dicho, por el propio John Keats, y repetido por Cortázar- son las más dulces! Es decir, puesto que se trata de la literatura: lo no dicho (lo no escrito) es «más dulce» que lo dicho (lo escrito). La evolución histórica de la ékfrasis se constata por lo tanto en la visibilidad -en los textos escritos- de la metáfora ekfrástica: el primer término de la misma, el auténtico referente, tiende a desaparecer de la vista. Éste es el pensamiento que subyace al proceso hacia la  abstracción: si A es B, ¿para qué decir A, si ya mostramos B? O, mejor todavía: si (a+b+c) es (A+B+C), y si ya mostramos (a+b+c), ¿para qué decir (A+B+C)?

            En los antecedentes más antiguos, el referente del poema era visible, muy por encima de la metáfora que lo describía y que tan sólo constituía una breve “ilustración” del primero. Y en Keats el referente sigue siendo todavía visible, pero está ya reducido a la mínima expresión, frente a su maximizada ilustración:

Frente a las imágenes del friso, el poeta no ha querido contentarse con la mera descripción poética de los valores plásticos allí concertados. La Oda íntegra es una tentativa de trascenderlos, de conocer líricamente los valores esenciales subyacentes.

         De ese descenso al mundo ajeno y encogido del friso, retorna Keats con el resumen que dirán los dos últimos versos del poema:

La belleza es verdad y la verdad belleza...
Nada más se sabe en este mundo, y no más hace falta.
(p. 287)

            En esos dos versos finales se dice, se hace por fin visible, toda la intención del poema de Keats. Este es el verdadero tema de la obra, mientras que la urna es tan sólo el motivo. Y de este modo, mientras que la descripción ekfrástica de la urna ocupa prácticamente todo el poema (sus cinco estrofas: cuarenta y ocho versos), aquello que constituye el verdadero centro de sentido de la oda, y de lo que la urna es tan sólo ilustración y desarrollo, apenas ocupa dos simples líneas. Dos meros versos frente a cuarenta y ocho: en este cómputo se corrobora cómo la ékfrasis, a lo largo de los siglos, ha ido adquiriendo una presencia cada vez mayor en el poema, invirtiendo las tornas en detrimento de la presencia efectiva del tema de la obra, que en la modernidad deviene prácticamente virtual.

            Pero la verdadera intención del poema, en todo caso, todavía se dice en Keats. En cambio, en Rayuela la negatividad está llevada a su extremo; definitivamente, la poesía y el arte se elevan a la enésima potencia en la obra de Cortázar. No podría ser de otro modo; si en Keats ya es poesía al cubo, ¿cómo no iba a ir todavía más allá un escritor que tenía por lema Ne profiter jamais de l’élan acquis? Cortázar lleva la ékfrasis a su extremo, a su punto evolutivo máximo, al escribir un libro en el que todo el texto está en orden negativo, en el que todo el contenido es pura abstracción. Rayuela es como una Ilíada en la que sólo aparecen por doquier las armas de Aquiles el Pelida, y en la que ha desaparecido el poema épico del que esas mismas armas son metáfora.

            Capítulo 97: “Allí donde debería haber una despedida hay un dibujo en la pared; en vez de un grito, una caña de pescar; una muerte se resuelve en un trío para mandolinas”. En Rayuela, el verdadero tema del texto (“despedida, grito, muerte”) se mimetiza absolutamente con sus motivos, con las innumerables ékfrasis que lo describen (dibujo en la pared, caña de pescar, trío para mandolinas), de tal modo que no aparece formulado explícitamente nunca, ni siquiera en una sola línea de su texto (e igualmente, no aparecerá formulado en ninguna declaración posterior de Cortázar, como muy bien se cuidó él mismo de evitar). La gran obra de Cortázar es por lo tanto un libro escrito enteramente en modo ekfrástico: ahí, definitivamente, las más dulces melodías son las que no se oyen nunca. Lo que los dos versos sobre la belleza y la verdad son para el poema de Keats, su núcleo vital de sentido, son algo impronunciado en el libro de Cortázar, y es el propio lector –el lector activo y cómplice- quien debe llegar a formularlo. Aunque sea una tarea de lo más difícil: “Terrible tarea la de chapotear en un círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna, por decirlo escolásticamente”, dice Horacio en el capítulo 125.

            En su salto hacia delante, en su ir-más-allá-de-Keats, Cortázar no sólo expandirá las metáforas autorrefenciales por todo el texto de su libro, sino que también amplificará el procedimiento de la ékfrasis –que en el poeta inglés todavía es descripción de una obra plástica- tomando cualquier elemento como motivo, sea del ámbito que sea, sin limitarse a una sujeción a lo plástico, incluso sin atender siquiera a una sujeción del objeto a lo artístico. En Rayuela lo artístico, lo estético y lo poético sufren un desplazamiento: desde el dominio temático se trasladan al dominio performativo del sujeto creador. Lo artístico, lo estético y lo poético no estarán necesariamente en los objetos –aunque el objeto artístico siga manteniendo siempre un cierto privilegio-, sino en el gesto, en la mirada y en la intención del escritor al elegirlos. Valga como ejemplo algo tan alejado del arte como pueden ser el mate y el café con leche: a los que tan sólo hace falta mirarlos bien (como sucedía con las hojas secas recogidas por Horacio en el capítulo 84) para percibir en ellos algo más allá de su mera materialidad y que pueda ponerse en relación con el texto en que aparecen (con respecto al café con leche y el mate, les dejo a ustedes la tarea). Ese «mirar bien» es lo que importa. Es decir; la mirada analógica -“esa aptitud para aprehender la relaciones”- es lo que importa. Una analogía que es prerrogativa de todo sujeto que vive enteramente instalado en el “more poetico”.

            En consecuencia, la ékfrasis se definirá en Rayuela, definitivamente, como la descripción, el comentario o incluso la mera mención poéticos de un objeto (que no la descripción, comentario o mención de todo objeto estético) que se usa como metáfora descriptiva de la propia obra. Y de este modo, Cortázar lleva a su culminación lo que ya anunciaba en 1946:

Si el poeta es siempre “algún otro”, su poesía tiende a ser igualmente “desde otra cosa”, a encerrar multiformes visiones de la realidad en la recreación especialísima del verbo. Pues que la poesía –Keats lo supo harto bien- está más capacitada que las artes plásticas para tomar en préstamo elementos estéticos esencialmente ajenos, ya que en última instancia el valor final de la concreción será el poético y sólo él. Mientras vemos a la pintura degenerar rápidamente cuando se tiñe de compromisos poéticos (prerrafaelismo, surrealismo) y la música tornarse “de programa” apenas rehúye su propia esfera sonora, el valor poesía opera siempre como reductor a sus propias valencias. (p. 284)

            De esto, formulado en 1946, a la idea de un libro cuyo texto se presentase enteramente como otra cosa había tan solo un paso. Y ese paso lo dio Cortázar definitivamente diecisiete años después, con Rayuela.

Puente tendido hacia Rayuela:
el “Cuaderno de Bitácora”

            Cortázar pudo aprender todo lo necesario sobre la ékfrasis en su estudio sobre Keats. Pero quizás entre “La urna griega en la poesía de John Keats” y la publicación de Rayuela pasara demasiado tiempo. Tiempo y acontecimientos; pues son precisamente los años del primer y del segundo -y definitivo- viajes de Cortázar a París, los años de conocer a Edith Arón (inspiración para la Maga); de casarse y convivir con Aurora Bernárdez, etcétera. En ese importante lapso de tiempo se dio el salto del Cortázar aparentemente provinciano al Cortázar cosmopolita; quizás tanto tiempo y tanto cambio en la vida del escritor llevaran a los críticos a creer que lo que tan intensamente afectaba al escritor en 1946 había dejado de interesarle en 1963.

            ¡Craso error, de haberse dado el caso! Lo que sucedió fue justamente lo contrario: en ese lapso de tiempo, Cortázar absorbió la idea de ékfrasis que había analizado en Keats y profundizó en ella como nadie había hecho hasta el momento, hasta llevarla a un extremo radical, hasta la culminación lógica de esa evolución detectada por él -o quizás inventada, que a efectos prácticos es lo mismo-. Resultado: Rayuela. Y si es necesaria una demostración documental de estas afirmaciones, ahí están precisamente los «apuntes» de Cortázar sobre el libro: su célebre “Cuaderno de Bitácora”, que el escritor regaló a Ana María Barrenechea y que ella publicó en 1983. Este documento constituye una verdadera joya para el crítico de Rayuela, pues ahí pueden clarificarse ciertos aspectos que se presentan de un modo más o menos oscuro en el texto definitivo. Éste es precisamente el caso, y de una forma particularmente prominente, de la ékfrasis.

            Véase sino lo que dice la p. 61 de este “Cuaderno”:

         /Monsieur Bobo/
         (...)
         Personaje ambiguo y misterioso.
         Posa de censor
         Crítica del libro (por supuesto, a propósito de otro)
         M. Bobo se queja de la dificultad, de los “pasajes confusos”, de que la novela ya no es lo que era.
         Oliveira le hace una comparación con el dodecafonismo. Crítica a fondo contra el lector-hembra, que exige lo premasticado.

            Aquí monsieur Bobo (personaje del “Cuaderno” que no llegó a ser en Rayuela, y que quería ser un correlato narrativo del lector pasivo) habla acerca “del libro”. ¿Qué otro libro puede ser, sino Rayuela mismo? Tal personaje tenía encomendada la misión de hacer del mismo una crítica; la cual se haría -se subraya- “a propósito de otro”. ¿No hubiera sido ya esto –o sea, la descripción de la propia obra mediante el pretendido comentario de otra- un claro ejemplo de ékfrasis típicamente cortazariana? Pero no pasemos por alto que ello, además, se da “por supuesto”; es decir, como algo que ya constituye un hábito para Cortázar. A saber: lo de hablar de Rayuela mediante cualquier otra cosa. Así pues, siempre oscuramente, siempre mediante esos “pasajes confusos” que pueden provocar la queja de los monsieurs Bobo (“la novela ya no es lo que era”), el texto de Rayuela habla continuamente de sí mismo. Ya sea mediante otros libros (las innumerables citas de otros libros que pueblan el texto de Rayuela); ya sea mediante cualquier otro ámbito artístico (el dodecafonismo que cita Oliveira a continuación, por ejemplo) ya sea mediante cualquier objet trouvé que Cortázar tenga a bien elevar a la calidad de representamen analógico de su obra (tal como unas hojas secas pegadas a  una lámpara).

            Otra más; página 53 del “Cuaderno”:

                        Oliveira piensa (en la jazz session):
         La vida, como un comentario de otra cosa que no alcanzamos y que está ahí, al alcance del salto que no damos. La vida, un ballet sobre un tema histórico, o una historia sobre un hecho vivido, o un hecho vivido sobre un hecho real. La vida, fotografía del númeno, la vida, posesión en las tinieblas (¿mujer, monstruo?), la vida, proxeneta de la muerte, espléndida baraja, tarot de olvidadas claves que unas manos gotosas rebajan a un triste solitario.

            ¿Por qué pensará Horacio eso en plena jazz session? ¿No será porque la jazz session –la célebre “discada” que ocupa 20 capítulos enteros- es precisamente “el comentario de otra cosa que no alcanzamos”? ¿Y por qué no lo alcanzamos, si no es porque no se halla presente? Y esto mismo, ¿no es precisamente a lo que apunta el “Cuaderno” seis páginas antes, al decir que el jazz es “un intercesor”? Página 47: Sí, el jazz es lo mismo; para mí es también el intercesor”. ¡Intercesores! Eso es lo que son todos esos motivos temáticos usados por Cortázar. Intercesores entre el plano superficial de Rayuela y su intención profunda; metáforas mediadoras entre la descripción –los motivos siempre visibles- y lo descrito –el tema siempre invisible-.

            Entre las múltiples páginas del “Cuaderno” en las que encontramos alusiones al tema de la ékfrasis, la 59 es seguramente la más jugosa y significativa de todas. Esta página empieza con este verso del Amers de Saint-John Perse: “Tu est là, mon amour, et je n’ai lieu qu’en toi”. ¡Una auténtica miniatura ekfrástica! El verso de Perse «describe» en micro lo que Rayuela despliega en macro: el libro de Cortázar (“je”) no tiene otro lugar que sus motivos (“toi”). Sólo un poeta podía saber –y de antemano, como hizo Perse- que al auténtico libro de Rayuela nunca se le ve su verdadero rostro, y que tan sólo lo conocemos por los rostros múltiples de sus intercesores.

            La página 59, a continuación, nos ofrece un fragmento ya conocido por nosotros:

Oliveira analiza el placer de la comunicación. Lo que significa estar entre seres afines y decir, p. ej.: “El retablo de Isenheim”. La Maga, que no entiende, se queda perpleja y furiosa (contra ella misma). Para Oliveira y su interlocutor, el signo “retablo de Isenheim”, configura la coexistencia y la evocación de
Grûnewald / Colmar / Olores / Alsacia / El Cristo de Holbein / Todos los Cristos verdes.

            Para poner este pasaje en relación con la ékfrasis, sencillamente invirtamos la situación que en él se describe: ¿Qué sucedería si Horacio eliminase el tema, el referente principal, para dejar a la vista únicamente la serie de sus motivos, de sus connotaciones sinestésicas? De este modo obtendríamos: “Grûnewald / Colmar / Olores / Alsacia / El Cristo de Holbein / Todos los Cristos verdes”. Estas connotaciones constituirían la descripción metafórica de un ausente “retablo de Isenheim”, de modo que su expresión seriada formaría una circunferencia con un centro invisible. Como los radios de una rueda, cada uno de los términos transcritos -pertenecientes a distintos ámbitos de la realidad- valdría únicamente en función de su común remisión al mismo referente, que constituiría la verdadera realidad comunicativa. Sólo mediante la adición de esos elementos dispares, y su asociación reiterativa con la común idea subyacente, un  interlocutor afín podría llegar a inferir finalmente “el retablo de Isenheim”. De modo que, frente a un aparente caos narrativo, y en el mismo sitio donde la Maga o cualquier otro no verían más que una sucesión absurda y libertina de elementos dispares -“un texto desaliñado, desanudado, incongruente” (cap. 79 de Rayuela)-, alguien como Etienne llegaría captar, por el contrario, la auténtica realidad comunicativa impronunciada.

            Poco más abajo, esa página 59 continúa:

Gran soliloquio de Horacio
         Razones del absurdo:
         1) ¿Una realidad?
         Macana
         La vecina de al lado ve otra realidad.
         Los dos que entran en la misma pieza.
         2) Pero hay que conformarse (a partir de) con la realidad que nos toca o que fabricamos.
         3) De ahí que tendamos a olvidar las otras.
         Nos creemos el omphalos.

            Este fragmento es como una pequeña variante del episodio de las hojas secas del cap. 84. Uno y su vecina -como sucedía con Etienne y Ossip- se conforman con la realidad que les toca (o que se fabrican) y olvidan las otras: lo mismo les sucede al lector activo y al lector pasivo de Rayuela, ese libro que es dos realidades distintas a la vez. Dice el fragmento: “Razones del absurdo”; ¿cuál será ese absurdo? ¿No será el de la superficie de Rayuela? A saber; un absurdo que lo es mientras no somos capaces de ver el fenómeno en cuestión como otra realidad. Y en ese caso, para lograr ver el libro de otra manera deberíamos dejar de mirarnos el ombligo; es decir, salirnos de nosotros mismos, trascendernos (por ejemplo mediante el entusiasmo, digo yo), para cumplir con los requisitos que nos permitan captar el auténtico referente de la sarta de asociaciones que es, en otro plano, el texto de Rayuela. Aquí termina la página 59.

            Pero el “Cuaderno” todavía nos reserva algunas perlas más. En la página 93, por ejemplo:

         ¡ojo!
         Propongo: Todo el Discu-libro, sin remisión. Pero en un solo bloque. El que no lo vea será meritoriamente ciego.

            ¿Qué será eso del «Disculibro», que también aparece en otras muchas páginas del “Cuaderno”? La interpretación que de este término dio en su momento Ana María Barrenechea, identificándolo con los “capítulos prescindibles”, resulta a todas luces insatisfactoria (¿acaso alguien propuso otra?), y en cambio encaja muy bien con la idea que estamos desplegando aquí, la de un texto ekfrástico en su totalidad (“Todo el Disculibro”), en cuyo tejido el lector debe descubrir de qué se está hablando en realidad. Por otro lado: ¿A que se refiere Cortázar con lo de “sin remisión”? No sé de nadie que haya sugerido una respuesta a esta pregunta; pero también encaja perfectamente con mi visión, con la idea de una circunferencia con el centro invisible. Y también: ¿Por qué será ciego –y meritoriamente, por ende- quien no lo vea? Silencio absoluto. Nadie se ha atrevido hasta ahora a afrontar todas estas cuestiones, aunque no había que ir muy lejos para hallar la solución:

            Página 68 del “Cuaderno”:

Lo que importa es esa aptitud para aprehender las relaciones: esta mesa y mi amor de antaño, esa mosca y un tío oficinista...

            Página 70 del “Cuaderno”:

No tenés suficiente fantasía. No te tirás a fondo en la analogía.

            Página 74 del “Cuaderno”:

la dimensión poética (esa maravillosa entrega a los textos, a los cuadros poéticos, /al jazz/ a los azares de la calle, a las suertes mágicas, al modo surreal de vida)

            Todas estas páginas del Cuaderno, con las demás que hemos visto a lo largo de este apartado, dan cuenta cabal del mismo fenómeno: el hecho de que las ékfrasis se encuentran diseminadas por todas partes y de todas las maneras en Rayuela. ¿Acaso puede caber alguna duda? ¿Hacia dónde miraban los críticos para no verlas?

La palabra jamás mentada y el Rayuela insólito

¿Hacía falta nombrarla cuando su presencia empapaba cada verso?

Julio Cortázar, “La urna griega…”

            Cortázar sembró de ékfrasis todo el texto de su principal libro. Tal como he afirmado al principio, no resulta necesario apelar a mi Teoría del Entusiasmo para comprobar esta cuestión; pero ese marco interpretativo resulta esencial para llegar a comprender diversas cuestiones de importancia relacionadas con todo este asunto. Por ejemplo: ¿cómo puede sostenerse que la novela Rayuela (capítulos 1 a 56, de corrido) sea una ékfrasis de la obra en su totalidad (capítulos hasta el 155, salteados)? ¿Cómo podría obedecer esto a la idea de esa «categorización extrínseca» que Cortázar sugiere para definir la ékfrasis? Esto solo puede responderse aceptando que el «segundo libro» de Rayuela no es una novela, tal como sus críticos han sostenido hasta ahora, sino otra clase de libro. Solo se entiende aceptando que el segundo libro de Rayuela es un libro distinto a una novela, y también distinto a cualquier otro libro de los que aparecen citados en Rayuela: por el contrario, es algo absolutamente nuevo, un libro completamente insólito. Un libro que trasciende el marco cultural de su tiempo y que se inserta, en cambio, en el flujo de una tradición mucho más amplia, que da cabida a lo trascendente y que le profesa veneración.

            El silencio de Cortázar con respecto a la incomprensión de la naturaleza ekfrástica de su libro (un silencio relativo, como he tratado de demostrar en mis artículos) constituye otro problema que se solventa satisfactoriamente desde la Teoría del Entusiasmo. ¿Cómo explicar esta reserva del autor desde la comprensión común del libro? Resulta difícil encontrar una respuesta convincente; más fácil resulta mirar para otro lado y esquivar las alusiones a lo ekfrástico que figuran por doquier, tal como han venido haciendo los críticos del libro hasta ahora. En cambio, desde la Teoría del Entusiamo, se entiende que el silencio es algo necesario para preservar las condiciones de posibilidad de la lectura que el escritor deseaba obtener de «su» lector. La mera detección de las ékfrasis, así como su resolución a través de una inversión del analogismo, constituyen dos de los resortes mediante los cuales el lector activo y cómplice puede llegar al entusiasmo, ese estado desde el cual el texto de Rayuela se contempla como repetición de un episodio. ¡Qué genialidad la de Cortázar! ¿No les parece maravilloso?

            Esa razón que inducía a Cortázar al silencio es la misma por la que yo no voy a tratar con mayor profundidad la cuestión de las ékfrasis de Rayuela. Más allá de lo que ya he desvelado en este artículo, que es mucho (incluso demasiado, a mi juicio), he dejado de señalar gran número de ékfrasis rayuelísticas, cuya detección y resolución dependen de la competencia interpretativa de los lectores activos y cómplices del libro, y que son para ellos condiciones de posibilidad de acceso al Rayuela insólito.

            Prefiero mantener el grueso de mi aportación en el plano de una interpelación directa a los críticos de Rayuela. Sigo preguntándoles: ¿Cómo es posible? No sirve la excusa de que el término «ékfrasis» sería aplicable únicamente a la descripción verbal de una obra plástica: ¡Eso es puro jovellanismo! ¡Mera autocomplacencia! Es Cortázar quien nos enseña en qué consiste la ékfrasis, y no al revés: y aquí se ha demostrado que la concepción cortazariana de ékfrasis puede colegirse perfectamente a partir de “La urna griega en la poesía de John Keats” (publicada en un lejano 1946) y hasta el “Cuaderno de Bitácora” (publicado en 1983). Ningún crítico de Cortázar que se precie de serlo podía desconocer estos documentos tan importantes; y, por supuesto, ninguno pudo dejar de leerse Rayuela. Díganme entonces, ¿cómo es posible que ninguno de esos críticos haya mencionado nunca, a propósito del libro, la palabra ékfrasis?

            J’accuse:

…la imagen actual de Cortázar se confunde con sus invenciones, padece de una falta de crítica sistemática y hasta de una iconografía satisfactoria. Aparte de artículos parsimoniosamente laudatorios en las revistas de la época, y de un libro cometido por un entusiasta profesor santafesino para quien el lirismo suplía las ideas, no se ha intentado la menor indagación de la vida o la obra del escritor. Algunas anécdotas, fotos borrosas; el resto es leyenda para tertulias y panegíricos en antologías de vagos editores...

(c) Jorge Fraga