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jueves, 14 de octubre de 2010

Reflexión: La envidia de Salieri






(Buenos Aires)

He visto varias veces el film “Amadeus”, donde se cuenta la vida de Mozart y también su relación con el notable músico de la época, Salieri.
Cualquiera que ve el film se puede dar cuenta de la envidia que tiene Salieri por el talento musical de Mozart.
El experimentado músico de la corte no puede tolerar la forma de componer de Mozart. Salieri, un renombrado músico, advierte que Mozart compone la música en su cabeza de una vez, no hace incontables esfuerzos sino que la música está en su mente y así la escribe y ejecuta.
Salieri, incluso, enfermo de envidia envía a trabajar a  su mucama a la casa del joven músico para enterarse de lo que está haciendo, cuáles son sus nuevas creaciones.
A partir de este film se puede identificar esa espantosa enfermedad – para los psicoanalistas – y pecado capital – para la religión.
Yo creo que no hay espectador que pueda preferir  a Salieri como personaje ¿o tal vez sí? Y si así fuera, ¿no debería plantearse qué personaje antipático es Salieri? y también cuánto ha perdurado incluso hasta hoy la música de Mozart.
Empiezo comentando el pecado de la envidia, que Savater  define como la tristeza ante el bien ajeno, ese no poder soportar que al otro le vaya bien, ambicionar sus goces y posesiones, es también desear que el otro no disfrute de lo que tiene. ¿Qué es lo que anhela el envidioso? En el fondo, no hace más que contemplar el bien como algo inalcanzable. Las cosas son valiosas cuando están en manos de otro. El deseo de despojar, de que el otro no posea lo que tiene, está en la raíz del pecado de la envidia, afirma Savater y agrega: Es un pecado profundamente insolidario, que también tortura y maltrata al propio pecador. Podemos aventurar que el envidioso es más desdichado que malo.
Para la psicoanalista Melanie Klein la envidia es una enfermedad, junto con los celos y la voracidad. Ella distingue entre celos, envidia y voracidad de la siguiente manera:
La envidia es el sentimiento enojoso contra otra persona que posee o goza de algo deseable, siendo el impulso envidioso el de quitárselo o dañarlo. Además la envidia implica la relación del sujeto con una sola persona y se remonta a la relación más temprana y exclusiva con la madre.
Los celos están basados en la envidia, dice Klein, pero comprenden una relación de por lo menos dos personas y conciernen principalmente al amor que el sujeto siente que le es debido y le ha sido quitado, o está en peligro de serlo, por su rival.
En cuanto a la voracidad, dice que es un deseo vehemente, impetuoso e insaciable y que excede lo que el sujeto necesita y lo que el objeto es capaz y está dispuesto a dar.
Podría decirse, afirma Melanie Klein, que la persona muy envidiosa es insaciable. Nunca puede quedar satisfecha, porque su envidia proviene de su interior y por eso siempre encuentra un objeto en quien centrarse.
Para el escritor inglés Martin Amis existe una buena razón por la que los novelistas suscitan una actitud tan corrosiva en la prensa: es que los que escriben sobre novelistas están utilizando la prosa, el mismo material que utilizó el novelista. Amis dice que no le corresponde a él juzgar si se trata o no de envidia pero que la envidia jamás asiste al baile ataviada de envidia.
Para Savater la envidia es en cierta medida origen de la democracia y sirve para vigilar el correcto desempeño del sistema. Donde hay envidia democrática, dice, el poderoso no puede hacer lo que quiera. Sin la envidia es muy difícil que la democracia funcione porque hay un importante componente de envidia vigilante que mantiene la igualdad y el funcionamiento democrático,según el filósofo.
Para Savater este pecado propicia la sensación de que uno podría tener todo lo bueno de los otros pero para eso debería convertirse en el otro, algo que nadie está dispuesto a hacer.
Savater admite que es preferible como seres humanos administrar las pasiones y pulsiones y no caer en la tentación del individuo supuestamente perfecto que funcione como un autómata. El hecho de que los seres humanos provengamos de un apasionamiento físico y no de un laboratorio, tiene una enorme importancia simbólica. El ser humano debe hacerse a sí mismo en forma permanente, dice el filósofo.

bibliografía:

Melanie Klein, Obras completas, Envidia y gratitud y otros trabajos, Editorial Paidós
Martin Amis, Experiencia, Editorial Anagrama.
Fernando Savater, Los siete pecados capitales, Editorial Sudamericana

(c) Araceli Otamendi- Todos los derechos reservados


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